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Muerte en llamas

 11 dic 2017
Por: Alejandro Mier

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Alejandro Mier

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Escritor de novela y cuento. Director General de Target Publicidad. ...

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Justo en el momento en el que salió expulsado el corcho de la Champaña Don Perignon, que daba inicio a la noche de festejo del quinto aniversario de su exitosa empresa, Toño pensó que a Mario, su socio y gran amigo, sólo le faltaba encontrar una buena mujer para tenerlo todo en la vida.

Se habían conocido cursando la carrera de ingeniería en sistemas y el éxito de “Inter-systems” fue rotundo desde sus inicios. Ahora, en tan sólo un lustro, la empresa estaba totalmente consolidada y daba empleo a ciento treinta y un personas. La fuerza de su dupla se debía a que Toño era un experto en lo relacionado a computación y Mario un virtuoso administrador.

Tras servir el vino espumoso en las copas de cristal cortado, Toño tomó del delgado talle a Emma, su linda esposa, y levantando la copa se dirigió a los numerosos invitados: “Es un honor para mí poder hacer este primer brindis, pero más honor es –dijo volteando la mirada hacia Mario– contar con un socio como

Mario Viveros. Gracias amigo”. Concluyó y enseguida, con la voz entre cortada y una emoción desbordada, le dio un pronunciado abrazo. La concurrencia aplaudió efusivamente y los músicos aprovecharon para abrir con su primera pieza.

Semanas atrás, Toño vivía el peor momento de sus días. Estaba siendo víctima de extorsión, los muy cerdos lo tenían acorralado y amenazaban con hacerle daño a su familia. A pesar de que le habían advertido que no debía mencionárselo a nadie, la presión pudo más y en un momento de desesperación imparable, se lo contó todo a Mario.

–Calma amigo, –le dijo Mario–, deja todo en mis manos que yo me encargo.

–Pero Mario, tú no tienes idea de lo que son capaces estos imbéciles, olvídalo estoy perdido; además la suma que me piden ¡es una grosería!

–Toño, Toño, escúchame, nadie va a poner un dedo sobre ti, Emma o los niños así tengamos que vaciar las cuentas de Inter-systems. Lo que vamos a hacer es que la siguiente vez que te hablen yo voy a tomar la llamada y negociar con ellos, ya verás.

A Toño le parecía imposible que sucediera algo así, sin embargo, para su completa sorpresa, Mario manejó el asunto de manera impecable, redujo la suma a una cantidad controlable y no sólo se encargó de entregarla, sino que además, por insistencia suya, Inter-systems absorbió el total del pago. Por eso es que el abrazo que le dio en el aniversario había sido tan sentido, estaba agradecido hasta lo más profundo.

Pasaron algunos meses y la compañía iba viento en popa. Estaban terminando la presentación de los jugosos resultados del semestre y Mario le pidió a Toño que se quedara unos minutos más ya que quería hacerle una consulta a solas.

 

–Toño, –le dijo poniendo la mano sobre su brazo–, tú eres el mejor amigo que jamás haya tenido; la única persona en quien realmente confío; doy gracias al cielo por contar con alguien como tú.

–Gracias Mario, tu sabes que lo mismo opino yo de ti y que además te estaré eternamente agradecido por lo que hiciste por mí.

–¡Ba!, ni lo menciones. Ahora lo que quiero es pedirte… claro, no quiero ser una carga para ti así que puedes negarte…

–Amigo, –interrumpió Toño–, tranquilo, aún no me pides nada y ya quieres que te lo niegue. Por favor, dímelo.

–Tienes razón. Pues mira, debido al crecimiento que ha tenido Inter-systems nuestros abogados están haciendo la nueva acta constitutiva para englobar todos nuestros bienes. Y yo quisiera pedirte, tú sabes, en caso de que algo me pasara, que conste en escrituras que todo, absolutamente todo lo que poseemos, pase a poder tuyo. Tú eres la persona en la que más confío y sé que sabrás darle a mi parte el mejor uso para beneficio de mi familia… eso es, amigo, lo que me costaba tanto trabajo decirte, pero ¡lo hice! ¿No crees?

–Vaya que lo hiciste y me has dejado sin palabras. Puedes tener la absoluta seguridad que así será, lo juro.

Para Toño fue tal el sentimiento que continuó:

–Y no sólo eso. Yo también quisiera, si tú aceptas, que las escrituras estipulen lo mismo de mi parte para que tú puedas disponer de los bienes y trasladarlos a Emma y mis hijos de la mejor manera.

Mario se puso de pie para darle el más fraternal de los abrazos.

–Así será amigo, así será, –finalizó.

Toño estudiaba como resolver un complejo sistema de intranet de una gran cadena de tiendas de ropa cuando su secretaria le llamó por teléfono:

–Licenciado, me dice el señor Mario que si usted puede atender al cliente de Puebla el jueves, que es un proyecto muy importante y él no podrá asistir.

–Sí, Cristina, dile que pierda cuidado que yo los visito. Por favor, coordina que me tengan lista la camioneta.

–Sí, licenciado. Mañana, la traen del taller.

–¿Del taller? ¿Otra vez?

-Es lo que yo le comentaba a don Mario, que acababa de salir de servicio, pero él insistió en que la mandáramos de nuevo a revisión precisamente porque es la camioneta en la que ustedes viajan.

–Bueno, pues no estará por demás, ni hablar.

El jueves siguiente, Toño acababa de tomar el Periférico para encaminarse a la carretera de Puebla, cuando sonó su celular:

–Hola Mario, ¿qué hay?

–Nada Toño, aquí entusiasmado con lo de tu cita, si cierras ese negocito alcanzaremos los objetivos de este año cuatro meses antes de que finalice, ¿qué te parece?

–Excelente, ya verás que no se me va vivo.

–Lo sé, amigo. Oye, y ¿vas acompañado a la reunión?

–No, no lo creí necesario. De hecho, ya voy rumbo a Puebla.

–Bueno, pues buen viaje y mucha suerte.

En cuanto colgó el teléfono, sonó nuevamente; esta vez era Javier, un amigo al que frecuentaba poco, pero se lo acababa de encontrar el día anterior en un restaurante.

–¡Hola Toño!

–Que tal Javier, ¿cómo te va?

 –Bien mano, gracias. Es que fíjate que te llamo porque me acordé que me           comentaste que hoy ibas a ir a Puebla y yo tengo un par de asuntos que arreglar por allá, entonces, si no es mucha molestia, ¿podría irme contigo?

–Claro, sólo que precisamente ahorita acabo de tomar el Periférico y ya voy para allá.

–¡No me digas! ¿Y si te alcanzo en la salida de la carretera? A mí me queda cerca de aquí.

–Órale, con todo gusto.

Toño recogió a Javier y le agradeció que se ofreciera para manejar, así el tendría tiempo de ajustar un par de detallitos de su presentación.

Vendrían a unos ciento treinta kilómetros por hora cuando debajo de la camioneta se oyó una extraña explosión. Javier perdió por completo el control, el auto salió disparado de la carretera y comenzó a incendiarse. Al salir del carril de baja golpeó contra una roca que los expulsó a gran velocidad contra el bosque, dando vueltas. Cuando por fin dejó de dar piruetas, la camioneta quedó boca abajo y el fuego lo invadió todo hasta alcanzar a Javier y Toño. Fue precisamente el intenso ardor lo que hizo que Toño recobrara el sentido y así, convertido prácticamente en una antorcha humana, salió de la camioneta y corrió y corrió hasta donde su incendiado cuerpo se lo permitió. Para su fortuna, cayó en un acantilado de tierra húmeda que varios metros abajo, al rodar, se encargó de matizar un poco las llamas que brotaban por doquier.

Cuarenta y ocho horas después del incidente, Toño fue socorrido por unos campesinos de la región. La tierra había cubierto su cuerpo y si no es porque casi se tropiezan con él, ni lo hubieran visto. Al principio, pensaron que estaba muerto, después de ver el estado en que las quemaduras lo habían dejado, pensaron que definitivamente sería mejor que así hubiera sido. Sin embargo, el destino no opinó igual.

Lo llevaron a su humilde cabaña y fueron meses de cuidados los que pacientemente Ifigenia y su hija Cándida le dedicaron. Las calenturas y delirios fueron cediendo y, poco a poco, comenzó a moverse y a trasladarse dentro de la pequeña vivienda intentando recordar algo de su pasado, por insignificante que fuera, pero no lo conseguía; hasta el día que Cándida le entregó en su mano un crucifijo de oro, cruzó por su mente el hermoso rostro de una dama vestida de blanco. Estaban hincados frente a un párroco e instantes después de regalarle la sonrisa más limpia, y decir “sí, acepto”, colocó alrededor de su cuello el crucifijo de oro. “Quiero que lo lleves por siempre contigo, con él va mi alma para protegerte y recordarte cuánto te amo”. Le dijo Emma muy suave al oído.

–¡Emma! ¡Emma! ¡Emma! ¿Lo oíste, Cándida? Mi esposa se llama Emma; ahora, gracias a ti ¡lo recuerdo!

Esa misma noche, Toño, tuvo el más feliz de los sueños, era navidad y Emma y las niñas desenvolvían desesperadas los regalos debajo del pino. “Mira pa, mi vestido nuevo, ¿te gusta?” Decía la pequeña Emmita girando como princesa. “Atrapa el balón, papá. Anda, abusado ¡que no te metan gol!” Se oía la delgada voz de Juliancito. Las risas y la tierna mirada de Emma lo llenaban todo.

Mas de pronto, despertó y su sueño se convirtió en una abominable pesadilla. En la oscuridad de la noche, prendió una vela y frente a un espejo recorrió, palmo a palmo, su cuerpo. Parecía como si sobre su piel se hubiera pegado una gruesa capa de plástico café. Todo él era repugnante, los labios, las orejas y los hundidos ojos. De su cráneo, solo nacían unos cuantos mechones de pelo. También había perdido una mano completa por lo que su brazo izquierdo terminaba en un maltrecho muñón. ¿Cómo presentarse así ante su familia? Era mejor, jamás volver.

Tres años pasaron del accidente y finalmente Toño recobró por completo la memoria. Haciendo un esfuerzo infinito había logrado mantenerse alejado de su familia, pero algo le molestaba sobre manera y decidió averiguarlo. Se trataba de aquella extraña explosión que escuchó justo antes de que Javier perdiera el control del auto. ¿Por qué? ¿Qué había sucedido en realidad? Algo no encajaba.

Por Internet se enteró que Javier había quedado atrapado en el asiento del conductor completamente calcinado, irreconocible, por lo que todos supusieron que era Toño y lo enterraron como si fuera él. Para su familia, para Inter-systems y para el mundo entero, Toño había muerto.

Al investigar más a fondo todo lo sucedido, Toño se fue acercando más y más, hasta que un día no se resistió y cubriendo su cuerpo y cara con un chal fue a la escuela de los niños para observarlos salir. Tras sonar la campana escolar, un mar de escolapios salió tropezándose, cuando de repente el mundo pareció detenerse,  y  es que a su lado acababa de pasar una mujer dejando una estela en el aire, inconfundible y amada; era Emma que se encaminó hasta sus hijos para abrazarlos. Al regresar hacia su auto, Toño sintió que ella lo miró.

Pensando en que estando en la escuela pronto levantaría sospechas, Toño se fue a parar a una calle cercana por la que pasaba Emma. En el semáforo, él fingía pedir limosna y así podía verlos de cerca. Pero aquella tarde, no pudo más. Emma manejaba con la ventanilla abajo y su terso brazo reposaba sobre la puerta. Toño se aproximó muy despacio y con tal de tocarla aunque fuera por un segundo, colocó la mano sobre su brazo excusando pedir dinero, sin embargo Emma y los niños gritaron horrorizados y arrancaron la camioneta a toda velocidad. Quizá a Toño lo hubiera consolado saber que Emma nuevamente vio algo en sus ojos que la dejó intrigada.

Para Toño llegar hasta su casa, fue el mayor de los retos. Retiró las lágrimas de sus ojos y tapándose el rostro con el chal, tocó la puerta. Fue Juliancito quien abrió:

–Sí señor, dígame…

Apenas y le salió la voz al ver a su hijo.

–¿Podrías regalarme un vaso de agua?

Juliancito no respondió, sólo dejó abierta la puerta y entró corriendo gritándole a su madre: “¡Mamá, mamá! es un señor que quiere agua”.

Emma salió de la cocina, pero al dirigirse hacía él, un hombre la interceptó:

–¿Quién es, amor? Si quieres yo atiendo…

Al observarlo, Toño se dio la vuelta para alejarse. En sus adentros, sintió que una llama peor que la del accidente lo calcinaba y rabioso repetía: “lo sabía maldito. ¡Tenías que ser tú!” Ambos salieron a la puerta y al ver al pordiosero manco que se retiraba, a Emma le pareció reconocerlo.

Las viejas habilidades de Toño en la computación, pronto le confirmaron sus sospechas: el supuesto pago de la extorsión había sido depositado en la cuenta personal de Mario. El discurso del cambio de escrituras ¡qué gran actuación! La camioneta enviada al taller por Mario cuando él nunca se metía en eso… la cita en Puebla a la que le pidió asistir… El explosivo previo al incidente. Claro, aprovecharse de la vulnerable situación de Emma y el hecho de que todo continuara a nombre de él, era de esperarse.

Cuando sonó el auricular de Mario y un importante propietario de una fundidora lo citó para un proyecto apetitoso, por supuesto no sospechó nada.

Mario llegó puntual a la cita y aunque le molestó que la vieja fábrica parecía abandonada y que el polvo ensuciaba sus mocasines nuevos, siguió la instrucción recibida por el interfón y entró, no en el área de oficinas sino en el enorme taller. El lugar era un horno y estaba oscuro  por completo por lo que irritado, hizo por salir, cuando del fondo surgió una voz:

–¿El señor Mario Viveros?

–Sí, soy yo… ¿Quién es usted?

–Héctor Bermúdez, el propietario de la fundidora, le agradezco que haya venido, ¿sería tan amable de subir las escaleras metálicas que están a su derecha y cruzar por el puente? Me interesa mostrarle algo. Mario obedeció. Subió las escaleras y al caminar por el delgado pasillo colgante, pudo ver debajo de él una enorme caldera. Se le figuró una gran olla y las ardientes burbujas que bullían de él, la boca de un volcán.

Al estar justo al centro de la caldera, por fin apareció frente a él, el tipo que le hablaba.

–Hola querido socio, –saludó.

Mario sin poder reconocer en la oscuridad más que a una silueta, contestó:

–¿Qué es lo que quiera usted? Esto no me gusta para nada, me largo de aquí.

–Calma, amigo mío, –continuó Toño mientras se acercaba a él–. Quizá si me quito la ropa que me cubre me reconozcas.

Toño se descubrió el torso y el rostro y levantando su chal, con el brazo manco y a tan sólo unos cuantos metros de distancia de Mario, le dijo:

–Brindo por el mejor de mis amigos, mi socio universitario, de Inter-systems y ¡hasta de mi familia! ¡Jajaja!

Mario observaba la tétrica y deformada figura del individuo y no lo podía creer.

–¿Toño? ¿Eres tú?

–El mismo, hermano.

–¡Pero no puede ser! ¡Tú estás muerto! ¡Yo mismo te enterré!

–Parece que no hiciste bien tu trabajo, amigo, pero no te preocupes, como siempre yo te enseñaré la manera correcta. Fíjate bien. Punto número uno, jamás tuviste el cuidado de cambiar las escrituras de la empresa, así que ahora, que tu mueras y yo reaparezca, pues todo será mío, ¿verdad? Y punto número dos, cuando quieras que alguien muera calcinado para que no lo reconozcan, ¡cerciórate que así sea!

–Pero Toño, yo puedo explicarte todo… -Suplicó Mario al ver que Toño jalaba la cadena que sostenía el puente y sentir que su cuerpo caía para ser tragado por el voraz mar de fuego.

Detrás de un árbol, Toño presenciaba el entierro de Mario cuando sintió que una delicada mano lo tocó por detrás, en el hombro, y le dijo suavemente:

–¿Por fin me dirá quién es usted, señor?

Toño cubrió su rostro y al dar la vuelta, su mano tocó con suavidad la de Emma.

–No soy nadie, señora, no soy nadie. Respondió marchándose.

Emma se hincó llorando al ver brillar el crucifijo que se mecía del cuello del pordiosero.

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