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Exterminio 1,6

 14 ene 2019
Por: Alejandro Mier

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Alejandro Mier

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Escritor de novela y cuento. Director General de Target Publicidad. ...

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Capítulo segundo…

En nuestro primer capítulo, teniendo frente a sí lo que los expertos denominaban como la última oportunidad del ser humano por salvar al mundo, el Secretario Particular, Adriano Pompozzi, inauguró la Cumbre Mundial "SOS Planeta Tierra", en la que se escribiría el rumbo final del mundo. Por ello, el presidente mundial Tourant Le Marc había citado a los líderes regionales de los cinco continentes con sus mentes más prominentes.

–Estimados Presidentes, líderes, científicos, todos amigos, que representan a los 198 países del mundo, –inició con total parsimonia el Presidente Mundial–, hoy la Tierra necesita como nunca de nosotros o, dicho de manera más correcta, el hombre necesita como nunca a la Tierra. Por siglos, principalmente en los últimos 100 años, hemos puesto todo nuestro empeño, nos hemos esmerado, en acabar con ella y ahora nos cobra factura. Como todos en esta sala sabemos, los catastróficos eventos recientes acabaron con la vida de 200 mil personas. El terremoto, el tsunami y, principalmente la grieta de más de 20 metros de ancho, 220 metros de profundidad, que hasta donde sabemos pasó por tres países tragándose literalmente ciudades enteras, no tiene precedentes en nuestra historia. Por la tarde, nos comunicaron que en el Ártico un iceberg de dimensiones colosales está por desprenderse y ello nos obliga a darle celeridad a esta reunión y, sobre todo, a la toma de decisiones y a sus acciones correspondientes.

Pompozzi, el Secretario Particular, coordinó el pase de palabra para que cada docto en las diversas materias a discutir transmitiera su hipótesis de solución a los grandes males de la tierra. Uno tras otro fueron diseccionando las atrocidades cometidas por la especie humana y las últimas catástrofes naturales enfrentadas.

Al concluir las participaciones, mientras Le Marc agradecía las exposiciones, fue abruptamente interrumpido.

–¡Espere, señor Presidente, espere! ¡Antes de finalizar, le ruego escuchar al señor Ornelas! –Imploró Suárez, el representante de la coalición latinoamericana.

–Lo siento, ya no hay tiempo...

–No se preocupe, señor Presidente, –dijo Oswaldo Ornelas poniéndose de pié y aflojando el nudo de su corbata–, lo que yo vengo a decir se reduce a una simple frase.

Ornelas sacó del asiento un cartel y lo mostró a la concurrencia. El texto rezaba: Exterminio 1,6.

–¿Qué? ¿Exterminio 1,6? ¿Y eso qué quiere decir? –Replicó un tanto impaciente Le Marc.

–Muy sencillo señor Presidente. En esta frase tiene usted la solución a todas y cada uno de los problemas expuestos por los amigos de las naciones durante este día.

De inmediato, los invitados se pusieron de pié y entre risas y gritos comenzaron a lanzar ofensas contra Oswaldo, "¿Qué absurdo es este? ¿Quién este hombre? ¡Cómo es que le permitieron entrar a la cumbre!"

–¡Explíquese de inmediato! –Ordenó el Presidente.

Ornelas, haciendo caso omiso del tono imperativo empleado por Le Marc e incluso de gente que ya se comenzaba a empujar, continuó con toda calma:

–El problema es muy sencillo: en el mundo sobra gente, –e hizo una gran pausa esperando que el auditorio asimilará el concepto para después repetir: en el mundo sobra gente.

Moler, el erudito humanista suizo interrumpió colérico: –¿Y qué pretende usted? ¡Aniquilar a la población entera!

–Algo así, –respondió Ornelas con el ironismo que tan fácil se le daba–. Mire usted, el 2 de noviembre de hace ya 5 años, dos minutos antes de la media noche, nació Danica May Camacho, una pequeña Filipina que se convirtió en el ser humano número 7,000 millones. Escucharon bien, el habitante número 7,000 millones de "nuestra casa". Ahora, se los explicaré a detalle: lo que debemos hacer para purificar la Tierra y despedirnos de tajo de todos los problemas mencionados es simple... acabar con 6,000 millones de personas, exactamente una sexta parte de la población mundial, es decir: Exterminio 1,6.

Tras esa afirmación, el caos en el recinto se hizo incontrolable y ahora fue Cannus, el Presidente de la región norte de Europa, quien lo increpó:

–Está usted completamente chiflado, ¿qué hace este individuo con sus absurdos cartoncitos de publicista en este sala? ¡Qué alguien lo expulse por el amor de Dios!

–Espere, espere, eso sí que es absurdo... "por el amor de Dios". Como un ilustre político de su talla puede recurrir al concepto más vacio de estos momentos, ¿acaso su dios vendrá a salvarnos? Eso mi amigo, sí que no tienen sentido.

Ornelas era un experto orador y sabía que ahora contaba con la atención de todos. En su interior se regocijaba al tener a su merced, mucho más allá de cualquier erudito del día, a los líderes mundiales y que además el Presidente Mundial también lo percibiera, así que apuntaló:

–Puede sonar grave de inicio, pero si pensamos que ello resolverá todos nuestros problemas por varios siglos, me parece que bien vale la pena. En realidad, a cada uno de los que felizmente seguiremos habitando la tierra nos toca aniquilar a 6, se vuelve más fácil, ¿no lo creen? Vamos señores, requerimos de soluciones drásticas y definitorias; todos lo sabemos, por manejar tan solo una cifra de las presentadas hoy en esta reunión, el 20% de la población en el mundo vive una pobreza absoluta; en un sólo país habitan 1.1 billones de personas de las cuales, según datos de la ONU, más de 930 millones son pobres o indigentes. Es gente que no vive, tan solo sobrevive una lastimosa miseria que no tiene ningún caso continuar. Con todo respeto, dudo que alguien venga a preguntarnos por ellos cuando ya no estén... claro, salvo los colegas aquí presentes de derechos humanos. ¿Y qué me dicen de los asesinos, violadores, secuestradores, narcotraficantes y terroristas? ¿No me van a decir que les gusta la idea de que sigan libres por las calles?  …consumiendo los pocos recursos naturales que nos quedan y escupiéndole a la Tierra toda la inmundicia de su falta de educación.

–¡No tiene ningún sentido lo que dice! ¡Es un completo disparate! –Punzó Le Marc–. ¡Se cierra la cumbre hasta el día de mañana!

A pesar de que algunas personas ya lo halaban de la ropa para expulsarlo de la sala, Ornelas, como apoteosis de sus palabras, preguntó –¿Por qué tanto escándalo ante la propuesta de acabar con el mayor enemigo que la tierra y el mismo hombre tiene? Estamos hablando de aniquilar a nuestro peor mal y que de no hacerlo no hay duda de que él sí acabará con nosotros–… y entonces sí dejo que sus pulmones estallaran: –¡Apliquémosle al hombre el plan Exterminio 1,6 antes de que él nos lo aplique!

Sus palabras resonaban entre las columnas y muros del recinto amenazando con convertirse en una profecía apocalíptica, cuando un hombre lo golpeó en el rostro y entonces Oswaldo agradeció el corpulento cuerpo del capitán Rogers, quien protegiéndolo entre sus brazos, lo llevó a la puerta trasera.

La prensa enardecida esperaba respuestas, sin embargo ese día nadie las dio.

–Continuaremos mañana–. Fue lo único que Le Marc pronunció a su salida.

En cuanto Oswaldo vio a Marian fuera del recinto, olvidó por completo el mal momento. Subió a la limusina y todo el trayecto al hotel no paró de reír al platicarle lo sucedido.

Marian era una esbelta y bella mujer. Cuando caminaba, no había hombre que resistiera voltear a verla. A Oswaldo hacía mucho tiempo que ello ya no le disgustaba, por el contrario, reconocía que Marian era todo un espectáculo y no había nada más que hacer ya que ni la falda más discreta era capaz de ocultar sus formidables caderas y largas piernas.

Para recompensar la espera, Oswaldo decidió llevar a Marian a cenar a su restaurante preferido en Paris. Al entrar a "Le Capricorne" Oswaldo ocupó su mesa mientras Marian pasó al tocador. A su regreso, Oswaldo se puso de pié, retiró su silla y mientras Marian se sentaba, aprovechó para besar con delicadeza su cuello.

–Eres un celoso de lo peor, señor Ornelas–, comentó Marian mostrando una fila impecable de blancos dientes–. Sabía perfectamente que Oswaldo era muy galante y buscaba la más mínima oportunidad para consentirla, pero Marian también reconocía cuando lo hacía por marcar su territorio con otros hombres que la miraban.

–Cinco. –Respondió divertido Oswaldo.

–¿Cinco qué, amor?

–Cinco son los corazones de los caballeros de este restaurante que acabas de romper tan sólo de verte.

–Tonto.

–Eso sin contar a las dos distinguidas damas de la mesa del fondo.

Oswaldo ordenó "Pavé de boeuf y Gratin de filet de dorade" las especialidades de la casa.

–¿Qué le apetece tomar a la dama? –Preguntó el mesero.

–Una copa de champagne Cristal de Louis Reoderer, por favor.

–Excelente elección amor, sólo que si nos traen la botella será mejor, recuerda que hoy el consumo es cortesía del señor Le Marc.

Comenzaban a brindar, cuando un hombre de traje oscuro, cabello engomado y audífono al oído, se aproximo a la mesa.

–Señor Ornelas, le envía esto el Presidente Le Marc. -Pronunció secamente y de inmediato se retiró.

A Marian hacía tiempo que ya no le impresionaba presenciar este tipo de hechos. El propio presidente mundial enviándole un mensaje a Oswaldo. Después de todo, Ornelas era el hombre más intrépido que jamás había conocido.

–Vaya, este amigo ni siquiera esperó su propina, –dijo Os haciendo reír nuevamente a Marian y arrojando el sobre en la mesa.

–¿No la vas a abrir? –Cuestionó Marian intrigada.

–Créeme que puede esperar.

Pero Os, ¡Se trata del Presidente Mundial!

–Marian mía. –Susurro acariciando sus largos dedos de porcelana– si Le Marc estuviera deleitándose con la presencia de una muñeca tan celestial como tú, estoy seguro que no sólo me comprendería, sino que enloquecería de envidia.

Al llegar al hotel, hicieron el amor con toda calma, degustando su segunda botella de Louis Roederer y acompañados por una brisa suave y la vista al Río Sena.

Después, Oswaldo tomó un largo baño de tina disfrutando con un dejo de nostalgia de cada caricia que le ofrecía la burbujeante agua. La capturaba con la palma de sus manos y de una manera muy especial observaba como se escapaba por entre sus dedos. Suponía que quizá ese sería el último baño de tina que tomaría en su vida y muy probablemente tenía razón.

Al entrar los primeros rayos de sol en la habitación, Oswaldo miró a Marian recostada en la cama. Sin poder resistirse, con mucho cuidado de no hacer ruido para no despertarla, se sentó en el sofá para admirar su belleza. Le fascinaba verla desnuda, más aún cuando portaba la tanga negra que acentuaba a la perfección el contorno de sus caderas y contrastaba con su piel tan suave, tan blanca. La larga y rubia cabellera alborotada cubriéndole un poco del rostro y cayendo por la espalda hasta casi alcanzar su cintura, lo tenía perplejo.

Marian abrió los ojos y al notar la presencia de Oswaldo le sonrió de esa manera que la hacía tan única. Era la sonrisa de una traviesa niña de seis años, totalmente natural y reluciente.

Oswaldo se acercó y retirando de su rostro los mechones rubios, la beso y le dijo muy quedito, al oído: –Ya puedo morir.

–Que cosas dices, –reprochó Marian.

–Es cierto, después de admirarte no necesito nada más de este mundo. Quien quiera que esté allá arriba, ha sido extremadamente generoso conmigo.

–Tonto cuarentón, ningún pretexto te servirá para evitar conocer a nuestros hijos que además te darán unos divinos nietos, ya verás.

Marian sabía que la manera más fácil de terminar una conversación con Oswaldo era hablándole de matrimonio o hijos. Pero de algún modo intuía que este momento era diferente, algo grande se avecinaba. Él lo sabía, pero ella no.

Oswaldo se incorporó y mostrándole la carta, le dijo: –Me tengo que ir, el Presidente me convocó para la reunión de esta mañana... Interesante, ¿no crees?

A Marian eso no le pareció extraño. Sabía perfectamente que Os, a pesar de ser tan raro, de no acatar ninguna norma y de sus actitudes tan estrafalarias, tenía una inteligencia especial. Lo confirmó años atrás cuando al famoso magnate de la computación en una entrevista le preguntaron a qué le atribuía que su nueva computadora tuviera tal éxito mundial y el contestó "Ah, responder eso no es ningún problema: 33% a Polansky por su talento en la ingeniería electrónica; 33% a la visión del comercio digital mundial del equipo humano que dirige su servidor, y 33% a Ornelas, el genio mercadólogo que supo cautivar al mercado nacional e internacional con su sublime campaña... Por cierto, si tuviera que decidir a cuál de estas tres partes a quien darle el 1% restante, creo que entonces sí, estaría en un problema, jajaja".

Era un genio mundano, una de esas personas que a los problemas más complejos le encontraban la solución más sencilla.

Oswaldo cruzo la acera y se introdujo en la dirección indicada por el Presidente. No se sorprendió al notar que ahora se trataba de un salón más chico, pero mucho más confortable. Le Marc había cancelado la invitación a la mayoría de las potencias.

–Por favor, háblenos de su teoría Exterminio 1,6, –invitó Le Marc–, sepa que reduje la lista de invitados por obvias razones, pero no le quepa duda de que los presentes estamos muy interesados en escuchar su idea.

–Como mencionaba ayer, distinguidos amigos, el Exterminio 1,6, es muy sencillo. Se los diré de esta manera: imaginen una familia compuesta por papá, mamá y siete hijos. En esta familia sólo trabaja el padre y tiene la fortuna de contar con un sueldo medio gracias a que tiene estudios de licenciatura. Pero ante siete bocas que alimentar, darles estudios y contar con asistencia médica, el resultado es una vida miserable llena de carencias, sufrimientos, traumas psicológicos y muy remotas posibilidades de crecimiento.

Ahora, visualicen esa misma familia, con ese mismo sueldo, sólo que con un hijo en lugar de siete, ¡Sí! ¡Se acabaron los problemas! Alcanza para mucho más de lo necesario incluido vacaciones y el hijo contará con todas las herramientas para ser un triunfador. El resultado: una familia feliz, bien alimentada, con educación, sana, que disfruta de su vida.

Esa es la teoría Exterminio 1,6. Llenar de familias y seres felices este planeta.

–Está usted hablando, en términos llanos, de matar a 6 mil millones de personas, ¿no es así, señor Ornelas? –Masculló Pompozzi.

–Ni más, ni menos. Y si me lo permiten, ahora les diré exactamente a quiénes y cómo los aniquilaremos…

Continuará…

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