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 29 abr 2019
Por: Alejandro Mier

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Alejandro Mier

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Escritor de novela y cuento. Director General de Target Publicidad. ...

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Ramiro salió de la junta con el rostro desencajado. Estaba hastiado de la presión laboral y en apenas dos semanas más vendría la revisión de resultados y como el año pasado, no sólo no llegaría a los objetivos, sino que aparte tendría que soportar las caras de felicidad de los compañeros de área que seguro sí conseguirían el bono.

Al llegar a su cubículo, observó que en la pantalla de su computadora había dejado incompleto el reporte de ventas. Malhumorado, guardó el archivo y accesó al Internet. Comenzó a “chatear” y pronto entabló conversación con una chica; había conocido otras más por este medio, pero nada que valiera la pena. Total, era una forma entretenida y fácil de ligar así que tampoco esperaba la gran cosa. Tras conversar cuarenta minutos con su nueva amiga, finalmente quedaron en encontrarse por la noche en una pequeña cafetería del centro. Odiaba que la primera cita fuera en una aburrida cafetería llena de señoras parlanchinas, y no en un bar, pero ni modo, había que cuidar las apariencias.

Después, se asomó al pasillo para asegurarse de no ser sorprendido. Perfecto, no había nadie así que comenzó a navegar por las conocidas páginas pornográficas. Estaba ávido por encontrar las fotos que le habían recomendado de Bárbara Mori, cuando se topó con un portal de modelos brasileñas que desfilaban por sus narices al ritmo de “Copacabana”; extasiado veía a las beldades en diferentes posiciones hasta que su computadora empezó a fallar. ¡Me carga la…! –exclamó–, otro mendigo virus.

De inmediato salió del sitio. Apenas iba a ver que tanto daño había causado en sus archivos, cuando sonó el teléfono.

–¿Ramiro? ¿Qué pasó con el reporte de ventas? ¡Lo está esperando el director!

–¡Si, Jefe! Ya lo terminé, nomás checo la ortografía e inmediatamente se lo llevo.

–¡Apresúrate!

Ramiro ya ni lo revisó, sólo le agregó un par de datos que supuso estarían bien y se lo mandó a su jefe.

Por la noche, protegido en un rincón a media luz para no ser descubierto por alguna amiga de su esposa, espera a su cita. En eso, entró a la cafetería una mujer alta y delgada; andaba con cierto garbo, como si la rodeará una estela de misterio. “Mira nada más que bombón. Ojalá fuera ella. Pero es imposible, sería un milagro” –pensó Ramiro–, sin embargo, al pasar frente a él, la sonrisa de la chica estiro hacia el centro de su pómulo un delicado lunar:

–¿Ramiro?

–¿Sara? –respondió perplejo.

–Sí…

–Siéntate, por favor –dijo tropezándose para acercarle una silla.

–Gracias.

Ramiro no quería echar a perder tan increíble suerte, pero tras un rato de conversar, se animó a atacar.

–Sara… sé que es muy atrevido de mi parte, pero, eres tan bella que no aguanto las ganas de pedirte que nos vayamos a un lugar más íntimo.

–Oh, no. Creo que eso no estaría bien. Ni siquiera me conoces y…

Ramiro la interrumpió y echó a andar toda la maquinaria aplicando su acostumbrada retórica. Su verbo muchas veces le había dado resultado. Se imaginaba que su monólogo era convincente, pero más bien sus presas caían por cansancio o mareo.

Esta vez le costó más trabajo de lo habitual, pero finalmente se encontró recostado con Sara. Sin exagerar, era la mujer más fina que hubiera pasado por sus garras. A pesar de las ojeras y que por su delgadez no había mucha carne de donde agarrarse, para Ramiro era un súper cuerpazo porque ahora, estar flaca, así en los huesos, era la moda.

Después de hacer el amor, Sara se quedó recostada boca abajo, intentando disimular un suave llanto. Al notarlo, Ramiro, rellenó su vaso de plástico y con desprecio observó, entre luces fluorescente, el reflejo de la imagen del espejo. Nunca había sabido que hacer con las mujeres después de tener sexo, ni le importaba averiguarlo, mucho menos a estas alturas; ¿¡por qué lloraban, carajo¡? Se preguntaba halándose los pocos pelos que le quedaban. “Pinche flaca, ¿pues que no en la realeza hasta un pinche psicólogo les ponen para que no anden haciendo estas pendejadas? ¡A la mierda con tu sangre azul!”

Sin embargo, Ramiro siguió bebiendo y al empinarse su quinto tequila, le importó madres que Sara, desprotegida, muy vulnerable, arrullara un débil sueño, así que se le fue encima con todo. Sara despertó sobresaltada al sentirlo jadeando enérgicamente sobre ella. No había manera de detenerlo. Envalentonado, decidió hacerle el amor esta vez sin protección, total, ¿qué podía afectarle si tenía ya casi dos meses que dejó atrás las inyecciones de la leve infección que le lastimaba al orinar? “No es de cuidado”, concluyó su doctor.

Sara, al notar que no traía protección, suplicó, ¡no! ¡No! Pero Ramiro simplemente la ignoró y no paró hasta caer desplomado junto a ella.

Unos instantes después, Ramiro notó que Sara nuevamente sollozaba y pensó que eso ya era el pinche colmo… ¡suficiente! tomó su ropa con furia y se largó azotando la puerta.

Por la mañana, descubre su reporte de ventas adjunto a una carta de renuncia. Resultó que, cual virus, su reporte fue transmitido de mano en mano; primero su jefe, luego el director y finalmente el presidente de la empresa quien al leerlo giró la instrucción de despedir al inepto que realizó tal trabajo.

Antes de abandonar la oficina, revisa su correo. Sonríe levemente al percatarse de que Sara le ha escrito, “pinche flaca caliente, ¿apoco quiere más?, piensa sobándose el bulto”. Sara ha sido amable y aunque en sus líneas omite decirle que viene de una familia acomodada, quisiera sincerarse con él, platicarle que su padre la echó a los diecisiete años cuando le confesó acerca de su embarazo. No se arrepiente de haber tenido que prostituirse para alimentar a su pequeño y sacar adelante su carrera. Desearía que el muy estúpido de Ramiro comprendiera que lo buscó porque necesitaba compañía; conversar y sentirse apoyada; un poco de protección masculina, aunque sea por un momento. Respecto al sexo, no le vendría nada mal, tenía dos años sin saber lo que era un beso, justo el mismo tiempo desde aquella fatídica tarde en la que los vientos del norte picoteaban su rostro con ráfagas de más de 100 kilómetros por hora y le impedían leer cómodamente los resultados que la diagnosticaban como cero positivo.

En su correo no le recriminaba a Ramiro poseerla sin preservativo, por el contrario, le deseaba de todo corazón salir exento del virus de sida.

Suerte, mucha suerte.

 

 

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