Opinión

Sandro: el nieto de Fidel

Por Claudia Viveros Lorenzo

Sandro Castro no inventó la desigualdad en Cuba


Hay una obscenidad que no necesita palabras altisonantes para exhibirse: basta una cámara, conexión a internet y una conciencia ausente. Eso es lo que hoy representa Sandro Castro, heredero de uno de los apellidos más simbólicos —y controvertidos— de América Latina, quien ha decidido convertir su estilo de vida en espectáculo digital, justo cuando Fidel Castro dejó como legado una isla que hoy sobrevive entre carencias, apagones y desesperanza.

No es solo frivolidad lo que molesta. Es el contexto. Porque en otro país, en otra circunstancia, la ostentación podría ser simplemente un gesto de mal gusto o una banalidad más de la cultura aspiracional contemporánea. Pero en Cuba, donde el ciudadano promedio hace filas interminables para conseguir alimentos básicos, donde el acceso a medicamentos es limitado y donde la movilidad social es prácticamente una quimera, mostrar autos de lujo, relojes costosos, fiestas exclusivas y viajes constantes no es solo un acto de exhibicionismo: es una bofetada.

Sandro Castro no es un influencer cualquiera. No es un joven que construyó su riqueza desde cero ni un empresario que presume el fruto de su esfuerzo. Es el nieto del hombre que encabezó una revolución bajo la bandera de la igualdad, la justicia social y la eliminación de privilegios de clase. Y es precisamente ahí donde el discurso se fractura.

¿Qué significa hoy ese legado? ¿En qué momento la narrativa del sacrificio colectivo se transformó en privilegio hereditario? Porque lo que Sandro muestra en sus redes sociales no es únicamente su vida: es la evidencia de una élite que, aunque no se nombre como tal, existe, opera y se beneficia en un sistema que niega esa misma posibilidad a millones.

La indignación no nace del resentimiento, sino de la contradicción. Durante décadas, el régimen cubano sostuvo un discurso que condenaba el capitalismo y la acumulación de riqueza individual como formas de opresión. Sin embargo, hoy vemos cómo dentro de esa misma estructura emergen figuras que encarnan todo aquello que se decía combatir.

Y no, no se trata de exigir pobreza como virtud. Nadie debería ser criticado por vivir bien. El problema es cuando ese “vivir bien” se construye sobre un sistema que limita, restringe y empobrece a otros. El problema es la incongruencia ética de representar el privilegio dentro de una narrativa oficial que lo niega.

Sandro Castro no solo exhibe su riqueza: la normaliza, la trivializa, la convierte en entretenimiento. Y en ese proceso, invisibiliza —o peor aún, ignora— la realidad de una Cuba que no aparece en sus historias de Instagram. Una Cuba que no tiene filtros, ni música de fondo, ni autos deportivos.

El fenómeno no es aislado ni exclusivo de Cuba. En muchas partes del mundo vemos cómo las élites políticas o sus descendientes adoptan una estética de celebridad, desconectada de las realidades que sus propios sistemas generan. Pero en el caso cubano, la disonancia es particularmente estridente porque contradice los cimientos ideológicos del propio régimen.

Aquí no hay ingenuidad. Hay conciencia y, por tanto, responsabilidad. Porque quien ostenta en ese contexto sabe —o debería saber— lo que su imagen representa. Y aun así, decide mostrarse. Eso no es solo falta de sensibilidad: es un acto político.

La pregunta de fondo no es sobre Sandro Castro como individuo, sino sobre lo que su figura revela. ¿Cuántos más existen? ¿Qué tan profunda es esa brecha entre el discurso oficial y la realidad interna? ¿Cuánto tiempo puede sostenerse una narrativa cuando sus propios herederos la desmienten con cada publicación?

En tiempos donde la imagen lo es todo, las redes sociales se han convertido en el escenario donde se desenmascaran muchas verdades. Y en este caso, no hizo falta un periodista, ni una investigación, ni un documento filtrado. Bastó con un celular y el impulso de presumir.

La historia, sin embargo, no es indulgente con las contradicciones. Y si algo nos ha enseñado América Latina es que los discursos que no se sostienen en la coherencia terminan por desmoronarse.

Sandro Castro no inventó la desigualdad en Cuba. Pero hoy, sin proponérselo —o tal vez sí—, se ha convertido en uno de sus rostros más visibles. Y eso, en una isla donde la dignidad ha sido por décadas un discurso de Estado, no es un detalle menor. ¿Entonces ayudamos a una isla en estado crítico con donaciones que ayudan a que sus mandatarios sigan robando a su antojo? Señalamos las intenciones de Trump como imperialistas, aunque esto sacaría de la miseria a miles que están sometidos por comunistas inhumanos. Sando es un recordatorio vivo de que el comunismo es un fracaso, en este planeta y en cualquier otro.