Hay monstruos que no habitan debajo de la cama. No tienen colmillos, ni ojos inyectados de sangre, ni aparecen en películas de terror. Se levantan temprano, usan traje impecable, ocupan oficinas con vista privilegiada, estrechan manos en ceremonias oficiales, pronuncian discursos sobre ética, igualdad y servicio público. Algunos dirigen empresas estratégicas para un país. Otros imparten cátedra, ocupan espacios de poder o son celebrados por sus logros profesionales.
Y, sin embargo, también golpean.
Los videos difundidos recientemente en los que presuntamente se observa al exdirector de Pemex, Víctor Rodríguez Padilla, agrediendo físicamente a su esposa han provocado indignación nacional y dieron paso a investigaciones oficiales, además de que el propio exfuncionario anunció su separación de cualquier cargo público para enfrentar el proceso.
Las imágenes estremecen. Pero lo verdaderamente perturbador no es únicamente la violencia que muestran. Es descubrir, una vez más, que el rostro del agresor puede ser el de alguien respetado socialmente.
Nos hemos acostumbrado a imaginar a los monstruos con apariencias grotescas. Pensamos que el mal siempre se anuncia con señales evidentes, que el agresor será fácilmente identificable, que llevará tatuada la violencia en el rostro. Qué equivocación tan peligrosa.
Los monstruos también usan corbata.
Y muchos tienen cuello blanco.
No es la primera vez que la sociedad descubre que detrás de una trayectoria brillante existía una vida privada marcada por el abuso. Tampoco será la última. Porque el problema nunca ha sido exclusivamente el individuo. El verdadero problema es el sistema de silencios que suele protegerlo.
¿Cuántas mujeres permanecen años sin denunciar porque el agresor tiene poder?
¿Cuántas soportan humillaciones por miedo a perder a sus hijos, su estabilidad económica o simplemente porque nadie les creerá?
¿Cuántas escuchan aquello de "es un hombre tan educado", "tan preparado", "tan buena persona", mientras en casa viven un infierno?
El prestigio social se convierte muchas veces en un escudo para el agresor.
Los títulos universitarios no garantizan calidad humana.
Los cargos públicos no certifican integridad.
La inteligencia académica jamás sustituirá a la inteligencia emocional.
Podemos acumular doctorados, reconocimientos internacionales, publicaciones científicas o importantes responsabilidades gubernamentales y, aun así, fracasar en lo más elemental: respetar la dignidad del otro.
Ese es quizá uno de los mayores aprendizajes que nos deja este caso.
Durante décadas hemos construido una peligrosa asociación entre éxito profesional y calidad moral. Suponemos que quien llega lejos necesariamente posee elevados principios éticos. Pero la historia insiste en desmentirnos.
Hay empresarios ejemplares en los negocios que son tiranos en casa.
Hay líderes admirados que destruyen emocionalmente a su familia.
Hay funcionarios que hablan de justicia mientras ejercen violencia entre cuatro paredes.
Hay académicos brillantes incapaces de controlar su propia agresividad.
Y todos ellos comparten una característica: aprendieron a construir una imagen impecable hacia afuera mientras ocultaban el monstruo que habitaba dentro.
Por eso resulta tan importante no confundir reputación con carácter.
La reputación depende de lo que otros ven.
El carácter aparece cuando nadie observa.
También vale la pena detenernos en otro aspecto profundamente doloroso: el niño que, según las imágenes difundidas y los reportes públicos, habría presenciado la agresión. Porque la violencia familiar nunca tiene una sola víctima. Las hijas e hijos que crecen viendo golpes, insultos o humillaciones cargan cicatrices invisibles que pueden acompañarlos toda la vida.
No basta con indignarnos cuando un video se vuelve viral.
La verdadera tarea consiste en cuestionarnos por qué tantas mujeres deben esperar años para reunir el valor de denunciar.
¿Por qué seguimos dudando de la víctima antes que del agresor?
¿Por qué el poder continúa generando redes de protección?
¿Por qué todavía existen quienes minimizan los hechos diciendo que "es un asunto privado"?
No. La violencia jamás es un asunto privado cuando destruye vidas.
Es un problema social.
Es un problema ético.
Es un problema de justicia.
Y también es un problema cultural.
Porque mientras sigamos educando para admirar únicamente el éxito, seguiremos formando profesionales competentes, pero seres humanos incompletos.
Necesitamos enseñar que el verdadero liderazgo comienza en casa.
Que el respeto no termina al cerrar la puerta del domicilio.
Que el poder no concede permiso para humillar.
Que ninguna posición política, económica o académica coloca a una persona por encima de la ley.
Hoy el nombre del presunto agresor ocupa los encabezados. Mañana será otro. Porque los monstruos no pertenecen a un solo partido, a una sola institución ni a una sola ideología. Habitan todos los espacios donde el poder se mezcla con la impunidad y donde el silencio se convierte en cómplice.
Hay monstruos en todos lados.
Muchos jamás aparecerán en una película de terror.
Muchos seguirán usando saco oscuro, sonrisa impecable y discurso políticamente correcto.
Muchos seguirán teniendo cuello blanco.
Nuestra responsabilidad como sociedad consiste en dejar de admirar únicamente los currículums y comenzar a exigir congruencia entre la vida pública y la vida privada. Porque un país no se construye solamente con funcionarios preparados, sino con ciudadanos incapaces de justificar cualquier forma de violencia.
El verdadero progreso no se mide por los cargos que una persona alcanza, sino por la humanidad con la que trata a quienes más cerca tiene.
Y esa, quizá, es la diferencia definitiva entre un servidor público y un monstruo disfrazado de éxito.
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