Opinión

Niños estresados, sociedad sin infancia

Por Pedro Octavio Reyes Enríquez

El estrés infantil en México es un fenómeno en aumento


Hace 40 años, le pregunté a un profesor de yoga si existían ejercicios y técnicas de relajación para niños. Me respondió: “Pero si ellos no se estresan, no lo necesitan; hay que dejar que jueguen de manera natural, que brinquen, que vivan su niñez; ellos se apegan a su propia naturaleza”. Al final, comentó que sí existían técnicas para la población infantil, pero que no consideraba necesario aplicarlas.

Hoy, la realidad es muy distinta. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT), realizada por el Instituto Nacional de Salud Pública de México en el año 2022, la prevalencia de dificultades de funcionamiento (que incluyen ansiedad y depresión) en niños de 5 a 17 años era del 14.4%, cifra superior al promedio mundial del 10%. En Estados Unidos, para el año 2023, la cifra fue del 11%, según el National Institute of Mental Health, les ganamos a nuestros vecinos.

El estrés infantil en México es un fenómeno en aumento. Empíricamente, observamos cada vez más niños en ese estado; basta con mirar a nuestro alrededor para notar que se irritan o se desesperan con mayor facilidad. Sufren cambios repentinos de humor, pasando de la irritabilidad a la tristeza o viceversa.

El pequeño puede, incluso, manifestar miedos que antes no tenía, llanto incontrolable o problemas digestivos, de sueño, de apetito y de aprendizaje. Muchos de estos factores son provocados por el estrés o la ansiedad, y en ocasiones son los primeros síntomas de una depresión.

Es fundamental señalar que hay una gran diferencia entre el estrés, la ansiedad y la depresión. Aunque no es el objetivo de este texto explicarlos a profundidad, podemos resumirlos de la siguiente manera de acuerdo a la RAE.

El estrés: Es una respuesta inmediata a un factor considerado amenazante (como un examen). El niño se cuestiona si podrá superar la evaluación; suele ser algo momentáneo.

La ansiedad: Es una preocupación excesiva que persiste aunque no exista un peligro real. Por ejemplo, cuando el niño se pregunta insistentemente: “¿Y si mis papás ya no regresan del trabajo?”.

La depresión: Es un síndrome psicológico de tristeza profunda e inhibición de las funciones psíquicas. Predominan pensamientos como “soy malo”, “nada saldrá bien» o «nadie me quiere”.

Lo anterior es en términos generales, pero corresponde a los especialistas diagnosticar estos estados, nuestra responsabilidad como adultos es estar atentos y acompañarlos en todo momento para detectar cualquier cambio en su conducta.

De acuerdo con autores como Marian Rojas Estapé y Karla Cervantes, los efectos del estrés continuo en los niños pueden ser graves. Destacan la dificultad para regular emociones, el miedo excesivo a equivocarse y la evitación de retos. También surgen

problemas cognitivos: disminuye la capacidad de aprendizaje, atención y memoria, y al no poder concentrarse, la creatividad se reduce.

Biológicamente, el impacto es igualmente serio. Con el estrés se generan altos niveles de cortisol, el cuerpo tiende a acumular más grasa, el azúcar se eleva de manera persistente y el sistema inmunológico se debilita, haciendo al niño más propenso a infecciones. Además, aumenta la presión arterial y el colesterol. Como se mencionó anteriormente, el sueño se ve afectado, generando un cansancio que incrementa, el nivel de estrés.

¿Qué está provocando este estrés? Según la UNICEF y las autoras citadas, las razones son diversas: el uso excesivo de dispositivos móviles, videojuegos y redes sociales (que conllevan ciberacoso y dependencia a la validación mediante likes). Asimismo, los padres transmiten su estrés personal al apurarlos, presionarlos o ignorar sus problemas. Igual si estos son alcohólicos o tienen alguna adicción, eso desde luego es otro factor de estrés para los niños.

¿Recuerda cuando los niños podían jugar tranquilamente en las calles? Como en la avenida 1 de Mayo en el centro de Veracruz. Hoy, por diversas razones, eso es casi imposible. El encierro en casa los estresa y, cuando salen, suelen ser llevados a plazas comerciales; espacios de consumo que, lejos de relajar, resultan estresantes. Los parques públicos seguros y con las condiciones idóneas para que jueguen los menores son cada vez más escasos. La mayoría están descuidados.

A lo anterior se suma el acoso escolar (bullying), que es otro factor de estrés, y que puede desencadenar ansiedad y depresión en el niño. Pues ahora se extiende durante todo el día debido a las redes sociales.

La mayoría de los niños de hoy sufren más estrés que antes. Si bien el euestrés (estrés positivo) puede ser motivante, cualquier estímulo estresante que se vuelva permanente es dañino para la salud.

Como estrategias de apoyo, es indispensable reducir las horas frente a las pantallas. Los menores de 3 años no deberían tener contacto con ellas, y las redes sociales deberían restringirse hasta la edad recomendada por los expertos (los expertos sugieren los 16 años).

Fomentar que realicen actividades artísticas, deportivas, en contacto con la naturaleza o altruistas ayudará a los niños a relajarse.

Desde luego, los padres de familia también debemos estar relajados; de lo contrario, les transmitiremos nuestro estrés a nuestros hijos.

Las técnicas de relajación del ahora llamado mindfulness les sirven, pero lo ideal es que su estrés sea el mínimo, que vivan con alegría, que puedan estar en un entorno seguro y que se sientan queridos; eso es lo mejor. De lo contrario, serán adultos con distintas enfermedades derivadas de estados prolongados de estrés.