Opinión

Del uso de la arena como pizarrón a la IA

Por Pedro Octavio Reyes Enríquez

Mis experiencias en la enseñanza


Mi primer alumno tenía 72 años. Decidí participar en las campañas de alfabetización de los años ochenta y así aprendió a leer don Melquiades. Me contó que sí había ido a la escuela, pero su mamá lo sacó porque “era bien burro” y mejor se lo llevaron a trabajar al campo.

Eran las vacaciones de verano. Yo iba en bachillerato y por las tardes dedicaba un rato a trabajar con mi alumno. Sí aprendió a leer en dos meses. Además, me dijo: “Nunca pensé que leería de corridito”. Él vivía en una casa con piso de arena, lo cual era una “ventaja”, ya que me servía de pizarrón: ahí le escribía las letras y los ejercicios.

Me fui a estudiar a Xalapa y regresé dos años después para visitarlo. Su hija, que vendía tortillas hechas a mano, me contó: “Mi papá murió hace un mes”. Vio mi expresión y agregó: “Él se fue orgulloso de haber aprendido a leer. A donde quiera que llegaba llevaba siempre el mismo periódico y se ponía a leerlo en voz alta. Saber leer lo hacía muy feliz”.

Llegaron los años noventa y, a principios de esa década, estuve apoyando en CONAFE. Iba una o dos veces al mes; no me pagaban, pero un compañero me pedía que fuera a platicarles de literatura a sus alumnos. Desde ahí me inicié como promotor de la lectura.

A mediados de los noventa empecé a dar clases en un bachillerato, aunque no duré mucho tiempo ahí. En 1998 inicié mis clases en la UCC. La herramienta cotidiana era el pizarrón y el gis. Había proyectores de cuerpos opacos y de acetatos; había que pedirlos y cargarlos por toda la universidad. Los fines de semana elaboraba mis diapositivas: me tardaba horas leyendo, seleccionando temas, redactando textos y buscando imágenes.

Llegó el año 2000 y con él internet, como una gran novedad. Apareció la enciclopedia Encarta y se decía que toda la información estaba en la web, que ya no se necesitarían docentes y que incluso las clases podrían ser en línea. ¿Cómo sería eso?

Tuve algunos alumnos más inquietos y tuve que modificar mi forma de enseñar. Inicié con el aula invertida. Aparentemente el profesor trabaja menos, pero en realidad no es tan simple: hay que estructurar muy bien el trabajo previo y después contar con un esquema de evaluación claro.

En 2010, internet parecía convertirse en una hiperbiblioteca. Todos creían que la información estaba a un clic, pero no era así. Había demasiados datos y exceso de archivos, lo que generaba más ansiedad en los estudiantes. Parecía que todo estaba ahí, pero no.

A mediados de esa década entra otro gran distractor al salón de clase, se posesiona del alumno, llegué a pensar que lo robotizaba, como en el documental de Netflix “El dilema de las redes sociales“, que muestra a un joven siendo marioneta de las redes sociales, que es una exageración pero en algunos casos no. Nuevamente a modificar mis estrategias de clase, tuve que hacer cambios radicales en mi enseñanza, mi tiempo de exponer temas se redujo todavía más y se incrementó el trabajo por parte de ellos, para que se olvidarán del mal llamado teléfono inteligente (smartphone).

Llegamos a los años veinte y, ¿qué creen? Me recibió la pandemia. Así inició esa década para mí como profesor: otra vez tuve que modificar mis técnicas de trabajo con los alumnos. Como a muchos, me tomó desprevenido. No usaba aulas digitales ni sabía cómo aprovecharlas. Algunos compañeros sí se apoyaban en ellas, pero yo no lo veía necesario mientras tuviera a mis estudiantes de manera presencial.

Como docente, uno siempre está aprendiendo; nunca deja de hacerlo. Pero la pandemia fue un reto enorme, tanto para mí como para muchos maestros y alumnos. En la universidad donde trabajo siempre nos ofrecen cursos de formación docente para mantenernos actualizados. Regularmente tomaba uno o dos por semestre, pero en esa ocasión tomé todos los que pude, ya que estaban enfocados en la enseñanza en línea.

Aprendí varias técnicas de trabajo en línea, algunas las sigo utilizando, otras ni en su momento las vi necesarias. Hubo alumnos que nunca vi, ni en foto, se daban las clases en vivo por Zoom, pero no estaban obligados a prender la cámara. De cualquier formar interactuaba con ellos, les preguntaba directamente, hacíamos actividades en el tiempo de la clase.

“Maestro, le manda saludos mi mamá”, me dijo una alumna mientras mantenía apagada su cámara. Todavía era tiempo de pandemia.

—Muchas gracias —le contesté—. ¿Cómo se llama?

Me dio el nombre y añadió:

—Ella también fue su alumna en la universidad, igual que yo ahora.

Sentí entonces que los años ya habían pasado. Más de veinticinco años como docente universitario.

Hace poco me encontré a un exalumno en una plaza comercial. Venía acompañado de un niño pequeño y me dijo:

—Profesor, es mi nieto. Ya soy abuelo, ¿cómo la ve?

Lo felicité y le dije:

—Debe ser una bendición verlos siendo aún joven.

Entonces me comentó:

—Muchas gracias. Ya compré su libro sobre educación infantil. Lo estoy leyendo con mi hija para que se ponga abusada y eduque bien a Eduardo, el nieto.

En México hay más de 2 millos de profesores, mi experiencia no es única, cada maestro tiene su historia de como inició, de como ha sido su paso por el magisterio, cada uno ha tocado vidas de estudiantes, quienes recuerdan a muchos de sus docentes.

Lo más valioso que recuerdo de mis maestros y que recuerdan mis alumnos de mí, no son los conocimientos, ni las enseñanzas, ni los temas vistos, es el cariño dado, los valores transmitidos, las vivencias, hasta ahora eso no lo puede dar un curso automatizado online, ni la IA.

Las estrategias de enseñanzas basadas en un conocimiento racional, ayudan, pero cuando se trabaja con pasión, el aula cambia, y de esto último casi no se habla, el aula como un espacio de emociones, es un escenario fundamental.

Inicié dando clases a finales de los años ochenta. Espero llegar a los cuarenta años como profesor; todavía faltan catorce años. Se avecinan nuevos cambios en la docencia y vendrán grandes retos. No sé si estaré preparado, pero tampoco lo estaba para la era de internet y ahora me muevo en la web. No estaba listo para las redes sociales y, probablemente, te enteres de este texto por medio de ellas. Tampoco estaba preparado para dar clases durante la pandemia, pero lo superé.

Ahora vivimos la era de la inteligencia artificial, que amenaza con sustituir el trabajo de todos, aunque yo lo dudo.

A veces me preguntan qué haré cuando me jubile. Aunque todavía faltan algunos años, siempre respondo lo mismo: haré lo que más me gusta, dar clases.

Espero que Dios me dé salud y sabiduría para enfrentar cada reto en la enseñanza.