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El Cómplice

 10 oct 2016
Por: Alejandro Mier

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Alejandro Mier

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Escritor de novela y cuento. Director General de Target Publicidad. ...

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Como cada viernes por la noche, Roberto se encontraba preparando la clase que tenía que impartir en su grupo de los sábados. Era en verdad dedicado y disfrutaba entregarse por completo a su familia y a dar cátedra. Uno de los pocos gustos personales que se daba era jugar ajedrez y aunque jamás se lo había confesado a nadie, estaba convencido que poseía una intuición muy aguda para saber, no sólo el siguiente movimiento de su contrincante, sino hasta las dos o tres próximas jugadas. Era un experto en descubrir lo terriblemente predecible que resultaba la especie humana.

Esa noche, cuando estaba a punto de terminar de pasar sus apuntes, sonó el teléfono.

-Bueno, -contestó.

-¡Hola mi Robert! ¿Qué haces?

-¡Quiubo Gonzalo! Aquí nomás, ¿y tú?

-Te llamo para ver si nos echamos una partida de ajedrez.

-Órale, vente para la casa, acá te espero.

Roberto se dirigió a la alacena y sacó el mejor whisky que tenía, después de todo, Gonzalo era muy buen amigo y aunque eran como la noche y el día, le simpatizaba y además, no le ganaba un solo juego.

Al abrirle la puerta, Roberto notó que Gonzalo venía estrenando chamarra.

-Qué bonita pielecita, amigo, -le dijo.

-Gracias mi Robert, la compré en Nueva York junto con estos zapatitos, ¿cómo los ves?

-¡Vaya! ¡Se ve que son finísimos! -respondió Roberto admirado.  -O sea que el comercio va bien.

-Acabo de cerrar un negocito y no es por presumirte pero también ando quemando camioneta, ¿Te acuerdas de la 4 x 4 que tanto me gusta? ¡Pues es roja!

-¡A poco! ¡Felicidades!

Ambos se sentaron en la mesa. Mientras Roberto preparaba las bebidas, en su interior, reconoció que su vecino le causaba cierta envidia. No conocía bien a lo que se dedicaba, pero se veía que le iba de maravilla. Bueno, pensó, qué bien que sus negocios sean tan exitosos.

Tras un rato de estar jugando, de pronto Roberto lo interrumpió:

-¿Escuchaste eso?

-No, ¿qué fue?

-Un ruido en el techo de la casa. Parecen pisadas.

-Vamos a asomarnos, -respondió Gonzalo -¿tienes un arma?

-¿Qué? claro que no.

-Deberías amigo. ¿Con qué vas a defender a tu familia si es un ratero?

-Tienes razón.

En eso, Roberto prendió la luz y escucharon con claridad unos pasos presurosos que brincaron la barda y echaron a correr.

-Roberto, esto es muy grave, en verdad era un malhechor y tú no tienes ni una resortera.

-Sí, voy a llamar a la policía, -contestó alterado.

-¡No, hombre, por favor! Una vez que yo los busqué por lo mismo, ¿sabes que hicieron? Entraron tocando sus sirenas desde la esquina como queriendo anunciar al ratero que huyera. Entendí bien el mensaje, si no lo arreglas tú mismo, nadie lo hará por ti.

-Es cierto, pero, ¿qué puedo hacer?

-Para empezar, te voy a prestar mi pistola. Es muy fácil de usar y la próxima vez que lo oigas, le metes de plomazos, total, estás en tu propiedad.

-¡Ni de loco! y luego, en la broncota que me meto con la policía.

-Bueno, eso si les llamas…

-¿Qué quieres decir?

-Mira, yo te ayudo. Le damos de balazos, cortamos en cachitos el cuerpo, lo arrojamos lejos de aquí y asunto arreglado, ¿quién va a molestarse por un ladronzuelo?

-Tienes que estar bromeando, -respondió nervioso Roberto.

-Jamás, amigo, - le refutó con una frialdad que le puso la piel de gallina.

-Vale, pon tú que así sea ¿y el trauma de descuartizar a un hombre, quién me lo quita?

-De esa parte, me encargo yo.

Después de escuchar las palabras de su vecino, a Roberto no le quedó la menor duda de que hablaba en serio y agradeció en verdad, contar con un amigo así. El martes, Gonzalo fue a entregarle su arma y le dijo: “mira, es muy fácil de usar; es automática y le puse un silenciador para que no despiertes a todo el vecindario, ja, ja, ja; no es cierto, es una broma”.

Para el viernes siguiente, Norma, la esposa de Roberto, se había llevado a los niños a visitar a sus suegros así que no le gustó mucho la idea de quedarse sólo por lo que aceptó de inmediato la invitación de Gonzalo:

-¡Hola mi Robert! ¿Qué, nos echamos una partidita? Me toca llevar el whiskito, ¿vale?

Eran cerca de las doce cuando nuevamente comenzaron a escuchar las pisadas.

-¡Ahí está el ratero!  -le dijo Roberto -y ahora, ¿qué hacemos?

-¡Apaga las luces para que piense que no hay nadie! Vas a ver cómo va a caer esa rata.

Desde un rinconcito de la ventana, observaron como el solitario hampón brincó al patio trasero y comenzó a forzar la puerta que daba a la sala.

-¡Escúchame, Roberto!, -le susurró, -escóndete detrás del sillón y en cuanto entre vacíale toda la carga. Yo traigo otra pistola y estaré esperándolo oculto, aquí, justo en el mueble de al lado. ¡No dudes, está es tu casa y aquí podrían estar tus propios hijos!

Roberto no respondió porque estaba paralizado viendo cómo se movía la manija.

De pronto, la puerta se abrió, Roberto distinguió la silueta de un hombre a escasos dos metros de él y sin más ni más, se levantó y, cerrando los ojos, comenzó a escuchar, uno tras otro, los tiros que salían de su arma. Acto seguido, Gonzalo se abalanzó sobre el cuerpo sin vida.

-¡Lo he matado! -Dijo Roberto tapándose el rostro.

-Hiciste lo que tenías que hacer, eso es todo. Ahora necesito que pongas atención. Lo llevaremos al cuarto de servicio y mientras yo me encargo de él, limpia la sangre y acerca el auto. ¡Ah!,

-agregó extendiéndole un pañuelo -dame el arma para desaparecerla también.

Roberto siguió sus instrucciones y esperó impaciente en el carro hasta que Gonzalo salió cargando cuatro costales y los echó a la cajuela.

-De prisa, -ordenó, -vamos a arrojarlo al río.

En medio de la noche, Roberto condujo y detenía de vez en vez el auto para que Gonzalo bajara y se deshiciera de cada uno de los bultos.

Cuando regresaron era ya muy entrada la madrugada y aunque el raciocinio de Roberto aún no concluía de asimilar lo sucedido, de algo estaba seguro, Gonzalo había corrido un gran riesgo por él; más que un amigo, ahora era su cómplice y no le alcanzaría la vida entera para terminar de agradecérselo.

Antes de entrar a su casa, a Roberto no le salieron las palabras, sólo abrazó con gran fuerza a Gonzalo y se soltó llorando.

-Todo va a estar bien, mi Robert, ya lo verás, -dijo Gonzalo.

Durante los meses siguientes, los amigos se vieron muy poco. De hecho, Gonzalo no había buscado a Roberto y éste, aunque seguía conmovido por lo que consideraba el mayor acto de hermandad que jamás hubiera tenido, no se sentía motivado a llamarlo a pesar de que eso lo hacía sentirse muy mal consigo mismo.

Había pasado un año y ocho meses de la trágica noche y tal y como lo pronosticara Gonzalo, nunca nadie preguntó absolutamente nada.

Al concluir sus clases, Roberto se dirigió a casa y mientras cenaba, su esposa le comentó:

-¿Ya te enteraste que Gonzalo y Beatriz se mudaron?

-No, -respondió, -¿quién te dijo?

-Doña Clarita.

-A lo mejor sólo salieron de viaje de negocios, acuérdate que luego pasan semanas y vuelven a aparecer.

-No creo porque además, su casa tiene un letrero de “Se vende”.

-Qué raro, -agregó Roberto, -estoy seguro que nunca se irían sin despedirse de nosotros.

-Eso mismo pensé yo, los consideraba nuestros amigos, pero ya ves… -respondió su esposa.

Roberto agachó la cabeza y guardó silencio.

Seis meses después, Roberto se encontraba recostado en su cama leyendo la “Poesía amorosa de Sabines” cuando sonó el timbre.

Al abrir la puerta se topó con una patrulla y dos hombres que portaban placas de agentes judiciales.

-Disculpe señor, andamos buscando a un hombre y quizá usted pueda ayudarnos…

-Claro, -respondió Roberto muy tranquilo y sin siquiera imaginar lo que sus ojos estaban a punto de ver, -usted dirá.

-¿Conoce a esta persona? -le dijo el hombre de negro mostrándole una foto.

Roberto la tomó y el corazón le dio un vuelco al notar que se trataba del ladrón que él mismo había asesinado, sin embargo, respondió intentado dismular lo poco que a un honorable profesor le es posible: “no señor, jamás he visto a este hombre”.

-Ajá. -Dijo el judicial sin dejar de perforarlo con su mirada.

-Y, ¿qué me dice de este otro?

Roberto vio la nueva fotografía. Se trataba de Gonzalo así que sobresaltado contestó:

-¡Claro que lo conozco! ¡Era mi vecino, vivía en esa casa de enfrente! ¿No me diga que le sucedió algo malo?

-No, nada de eso, sólo lo andamos buscando, ¿sabe dónde podemos encontrarlo?

Aunque Roberto lo supiera jamás traicionaría a su gran amigo, así es que de nuevo mintió: “No. Tengo más de un año de no saber de él”.

-Bueno, si llegara a verlo es importante que nos lo comunique de inmediato, es un delincuente muy peligroso.

-¡Qué! –Musitó incrédulo Roberto, -¡debe ser un error!

-No amigo, ningún error. Gonzalo Ríos y su cómplice Pedro Baltierra -le dijo refiriéndose a la foto del ladrón, -son buscados por un sin fin de hurtos y asesinatos. Hace un par de años después de robar una joyería y matar al guardia, teníamos ya localizado a Baltierra y estaba a punto de conducirnos con su vecino cuando simplemente, se lo tragó la tierra. Después apareció su cuerpo, descuartizado tal y cual lo había hecho Gonzalo Ríos con otras de sus víctimas. Suponemos que descubrió que Baltierra estaba a punto de delatarlo y, entonces, para salvar su pellejo, intuimos que Gonzalo le tendió una trampa. Así es que ya lo ve, si llega a saber algo de él, manténgase alejado y llámenos de inmediato.

El agente le entregó su tarjeta, subieron al auto y se marcharon; Roberto dio unos pasos atrás y cerró la puerta. Todo le daba vueltas y, recargado con ambas manos del muro del garage, fue bajando lentamente hasta alcanzar a sentarse. El piso estaba frío, tan frío como el sudor que goteaba por su cada vez más escaza cabellera.

De algo estaba seguro, jamás volvería a jugar ajedrez.

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