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Unos preciosos cerdos

 21 nov 2016
Por: Alejandro Mier

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Alejandro Mier

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Escritor de novela y cuento. Director General de Target Publicidad. ...

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Con la delgadez, la fuerza y la agilidad de un venado, Ramón zigzagueaba de un lado a otro de los pastizales, esquivando el aguacero de balas de sus enemigos.

Minutos antes había sido sitiado y a pesar del factor sorpresa, se encontraba ileso pero seriamente amenazado por tres pistoleros sedientos de vengar la perdida de dos de sus compañeros a manos de un solitario hombre, ¡Imposible soportar tal humillación!

Ramón brincó la cerca del establo y al ver al fondo el granero y las porquerizas, corrió hacía allá.

Tras cerrar el portón de madera, el lugar quedó en tinieblas ya que sólo una pequeña ventana en lo alto, dejaba entrar el sol de medio día. “Morirá como rata, solito se acorraló”, festejaron los bandoleros. “Ahora sí, vamos a ver quién es el emboscado”, pensó Ramón dueño de la seguridad que le dio el sentirse en una atmósfera tan familiar.

Al escuchar que los hombres penetraron en el lugar, Ramón se revolcó entre el lodo y el estiércol del chiquero. Oinc, oinc, reclamaron los marranos al sentir invadido su espacio. Su cuerpo quedó camuflageado y con la debida cautela, extrajo de su morral un ejemplar del “El hijo del Ahuizote”; la fecha que señalaba la primera página del semanario político, era el día 9 de abril de 1912, Ramón estaba cumpliendo años y en la hacienda lo esperaban su familia y una jarra de pulque. Ramón era el tercero de diez hermanos. Más valía darse prisa ya que si se demoraba mucho, no sería la primera vez que Francisco, Luz, José, María, Manuel, Dolores, Cosme, Carlota, Carlos y Mariano, lo dejarían a pan y agua. Arrancó la página y con ella se limpió el lodo del rostro; al abrir los ojos, no pudo dejar de sonreír, la escena que tenía frente a él no era para menos: unos preciosos cerdos, lo observaban asustados.

18 años atrás, justo después del canto de los gallos, se escucharon los llantos del bebé. La partera intentó cortar el cordón umbilical, pero el pequeño se revolvía con tal fiereza que tuvo que pedir ayuda para que lo sujetaran.

Una vez concluida la labor, entregó al crío a su madre: -Es un niño, doña Dolores, y vaya que viene preparado pa estos tiempos, ¡nació “peliando”!

Ramón había llegado a este mundo sin vista. Sus padres no tardaron mucho en notar el problema y como en esa época, -corría el año de 1894-, en Chalco no había un solo doctor capacitado para tratar un asunto así, en cuanto tuvieron oportunidad tomaron la canoa que iba al Distrito Federal, se bajaron en el embarcadero de La Viga y se trasladaron al consultorio de quien se decía, era el oculista más prominente de la capital.

Lo siento don Cosme, dijo el doctor Castro a su padre, el niño es ciego y según mis estudios, su problema es permanente. Ramón esta desahuciado de la vista, jamás podrá ver.

No había nada más que hacer. El diagnóstico del doctor Castro era inapelable así que resignados, volvieron a la hacienda de Chalco.

A Ramón le llevó dos años y ocho meses aprender a caminar, correr, e incluso, comenzar a conocer el terreno donde crecía.

Rodeado de hermanos, el pequeño pasaba la mayor parte del día jugando con ellos entre los sembradíos, potreros y las porquerizas.

Al principio, a nadie le sorprendía que se tropezara a cada instante y que por las tardes volviera a casa lleno de golpes; pero después, eso dejó de suceder y sin que sus hermanos se explicaran como lo hacía, Ramón a cada rato los sorprendía atrapándolos por la espalda.

A los tres años y medio, un suceso terminó por pulir su carácter y habilidades. Caminaba por los potreros cuando una yegua, al parecer espantada por la presencia de una víbora, salió cabalgando a toda velocidad golpeando a Ramón a su paso. El niño pegó contra una cerca de madera y cayó al piso. En ese momento supo lo que era el coraje, jamás se había sentido tan irritado, así es que se incorporó y sin importarle la sangre que chorreaba por la cabeza, se introdujo entre el resto de los nerviosos caballos, sólo que esta vez, a base de concentración, supo esquivar cada peligro tal y como si estuviera viendo la escena con sus propios ojos. También pudo oír que en el rincón un bicho se arrastraba y de pronto se detuvo agitando amenazadoramente su cascabel. Ramón tomó un leño y fue tal la rapidez con la que se lo arrojó que logró golpearla haciendo que la víbora huyera del lugar. Era su ambiente, era su territorio y ahora, lo tenía dominado.

Muy cerca de cumplir los cuatro años, como cada jueves, doña Dolores lo llevó por las compras del mercado.

-Buenas, doña Dolores, -le dijo la hierbera. Oiga, y a ese niño suyo, ¿qué le pasa?

-Ramón nació ciego, doña Chona.

-Me deja “irarlo”, -le cuestionó sujetando el rostro de Ramón. Nooo, continuó la hierbera, pa mí que éste está pegado. “Ire” doña Dolores, póngale estas compresas en cada ojo y déjeselas allí; ándele ahí luego me cuenta como le “gue”.

Doña Dolores no tenía nada que perder así que le puso la húmeda mezcla de hierbas sobre los parpados durante varios días.

Por la mañana del sábado, Ramón iba a jugar a los corrales cuando su madre lo detuvo para aplicarle el tratamiento. Después, lo observó alejarse por el camino empedrado con tal firmeza que se llenó de orgullo. Su delgado Ramón se conducía como un muchacho mayor. El pequeño llegó hasta los chiqueros cuando sin más ni más, se hizo la luz. Las compresas cayeron al lodo desprendiendo con ellas, la carnosidad que tapaba sus ojos. En cuanto pudo controlar la luminosidad del sol, Ramón se talló los ojos y tras retirar sus manos, pegó el grito más fuerte y terrorífico de su corta vida: frente a él estaba su primera visión terrenal, sus pequeños ojos verdes vieron un puñado de cerdos.

Ramón escuchó que uno de los bandoleros recargó su revolver. Cubriéndose con los puercos, se incorporó, preparó su carabina y cerrando los ojos, dejó que los agudos sentidos que había desarrollado en sus años de ceguez, lo guiaran. Su intuición aunada al fino oído, le señalaron con gran precisión la posición de los pistoleros. Uno de ellos dio un paso al frente, su bota trozó dos espigas de hierba, y eso fue suficiente. Ramón giró la cintura y el estallido de su 30-30 lo llenó todo ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Después, un profundo silencio se apodero nuevamente del establo. Pasando por encima de los cuerpos, Ramón se encaminó a casa. Tenía sed y no podía arriesgarse a que su jarra de pulque fuera agotada.

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