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El Fotógrafo

 10 jun 2019
Por: Alejandro Mier

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Alejandro Mier

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Escritor de novela y cuento. Director General de Target Publicidad. ...

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Ni siquiera en los sueños más recónditos de su cerebro reptiliano, pasó por la mente de Albino que sus ojos marrones verían desnuda una piel tan blanca. Mucho menos tenerla a su merced para tocarla a placer. ¿Qué más daba que Sharon estuviera perfectamente drogada, al punto de la inconsciencia? ¿Qué importaba que sus senos fueran tan insignificantes?

–¡Perra! –dijo Albino con los ojos llameantes, –si tú hubieras nacido en México, serías más prieta que “el Jackson”. Eres una corriente, muerta de hambre. Y mírate, posando para mí y arrastrándote por un carrujo de marihuana.

Albino se incorporó de la cama, caminó al tocador y tras seleccionar las posiciones más obscenas de las fotografías que le tomó, se las arrojó al cuerpo. Después, abandonó la habitación del viejo edificio sin tomarse la molestia de cerrar la puerta.

Albino estaba próximo a cumplir tres años como fotógrafo. En su tarjeta de presentación figuraba la frase “Fotografía profesional”, a pesar de sólo haber tomado un curso básico de cuatro meses. De vez en cuando, le caía una que otra chambita para fotografiar productos o algún evento social. Un año atrás, lo invitaron a tomar lencería para un catálogo de ropa económica; mientras hacía su trabajo, sintió que una de las modelos se le insinuaba, pero él ni se inmutó porque bien sabía que su aspecto no era nada agradable, incluso se consideraba feo y su peor pánico era el rechazo o caer en ridículo. Pero no, esta vez no se equivocaba, la chica morena respondía a su lente con poses y movimientos que iban más allá de lo que exigía la foto. De pronto Albino, se animó a sonreír y ese pequeño gesto le dio un vuelco total a su mundo.

–Pensé que esa tosca cara no sabía reír, –dijo la modelo.

Albino no supo qué responder así que escondió su rostro detrás de la cámara. Jamás había dialogado con una mujer más allá del “buenos días” y temía echar a perder la que podría convertirse en su primera conquista.?

–Anda, no te enojes, ¿por qué no me dices tu nombre? –continuó ella.?

–Albino, soy fotógrafo.?Estas dos últimas palabras siempre acompañaban a la primera. Era como un acto reflejo que en su interior significaba “me llamo Albino y soy alguien en la vida”.

La chica estalló en risas y como eso pareció no gustarle a Albino, se disculpó.

–¡Lo siento! ¡Lo siento! Es que... tienes una hora disparándome con tu aparatejo y ¿crees que no había notado que eres fotógrafo? Albino se tranquilizó y nuevamente dejó ver una sonrisa tenue.

Su amarilla piel y el semblante asiático cerraron los rasgados ojillos. La chica se le siguió insinuando el resto de la sesión, pero como era evidente que Albino necesitaba algo más que eso, ella decidió ofrecérselo.?

–Y bien, señor fotógrafo –dijo al salir del estudio, –¿no le gustaría continuar tomándome fotos, pero... un poco más privadas?

Albino se quedó de una pieza. Era lo más glorioso jamás escuchado.

–Claro –contestó secamente.

–Bueno, mi nombre es Betina, así me dicen pues, y conozco un lugar en el que por sesenta pesos nadie nos molestará –completó asiéndolo del brazo.

La sesión fue un festín para Albino y ambos quedaron muy satisfechos con lo obtenido. Betina, por fin tendría su propio “Book” fotográfico para promocionarse y sin que le hubiera costado un quinto. Albino, ver cambiarse de ropa a un metro de distancia, una y otra vez ese bombón, jamás lo olvidaría.

Le pidió volver a verla. Ella respondió que sí, pero su cuerpo, su mente, sus entrañas, imploraban no volvérselo a topar nunca más, ¿para qué si lo único que podría llegar a necesitar de él, ya se lo había dado?

En los meses siguientes, Albino entró en depresión y como no caía tampoco trabajo, mataba las largas horas deambulando por el centro de la ciudad.

Precisamente ahí estaba, por la zona de Los Portales, cuando vio pasar a una turista. Su abatida fisonomía expresaba dolor, penuria. Caminaba como cargando una losa entera, con los hombros gachos y la comisura de los labios colgando. Entonces, Albino pensó que si a Betina le había interesado fotografiarse en prendas menores, quizá a otras mujeres más también les gustaría. Luchando contra su lenguaje de corto alcance, la abordó y para su sorpresa, convencerla fue mucho más fácil de lo que imaginó. La joven le pidió que le invitara una cerveza y antes de llevárselo al cuartucho de sesenta pesos por cuatro horas, lo condicionó a un buen toque de marihuana “mexican mota, i like mexican mota”.

Sharon no fue buena con Albino. Aun estando completamente desnuda y accediendo a colocarse en las posiciones más libidinosas, ella jamás lo miró, simplemente ignoraba su mórbida calentura y se concentró en dejarse llevar al viaje de la alucinación de la droga.

Albino se fue acercando cada vez más a ella. Al grado de que, en algunas tomas, lo que separaba las piernas abiertas de Sharon del lente, no eran más que escasos milímetros. Fue un gozo muy sufrido para Albino, quien sudoroso, en cierto momento por fin pudo superar su miedo y estiró la mano para tocarle las nalgas. Primero muy suavemente para no espantarla y luego con una fiereza desbordada, pero ninguna de las dos caricias recibió respuesta porque Sharon había llegado al limbo y su cuerpo descompuesto, flácido, reposaba en la inconsciencia.

–¡Perra!, –le escupió Albino a la cara al verse nuevamente utilizado, rechazado, e instantes después, se largó del lugar.

Llevaba poco menos de dos meses en busca de una nueva presa cuando fue al centro de revelado al que siempre acudía. Mientras esperaba en el mostrador a que le entregaran sus fotos, llegó una rubia y en lenguaje mitad español, mitad inglés, reclamó sus fotografías.

–Señorita –respondió el encargado–, ya le he dicho muchas veces que no le puedo revelar su material.

– “¿Why not? There are simples fotografías”.

–¡Sorry señorita! Son obscenas y nosotros tenemos prohibido revelar pornografía.

Albino que escuchaba con atención la discusión, intervino.

–Si quieres yo puedo ayudarte, –le dijo en su peculiar tono seco.

–“¿You? ¿How?”, –respondió molesta “escaneándolo” con la mirada de pies a cabeza.

–Soy fotógrafo. “I can... revelar tus fotos”.

– “¡Oohhh! ¿Really?”, –dijo cambiando su expresión por una gran sonrisa.

Albino la condujo a la puerta del negocio para que nadie más pudiera escuchar lo que seguía:

–Sí, y si quieres también te puedo tomar fotos... como las que creo que traes... yo sólo trabajo desnudos...

–Aahhh... ¿y tú pagar por eso?

–Bueno, si aparte te dejas tocar, creo que si podría conseguir un poco de dinero...

–¿Quinientos, is okay for you? –Sí, okay.

–Well, nos vemos a las siete en el hotel “Poseidón”, near mercado the fishes, ¿you know?

–Sí lo conozco.?Albino llegó muy puntual a la cita. Por la tarde, estuvo a punto

de platicárselo a Gregorio, su mejor y único amigo, pero finalmente decidió que ese heladito sería tan sólo para su sedienta lengua.

Había pasado incontables ocasiones por el “Poseidón” sin prestarle mayor atención. Al entrar a su lúgubre recepción, un siniestro escalofrío lo abordó. El sitio era una cloaca, húmedo, sucio, apestaba.

Pegó un manotazo sobre el mostrador de madera para que el encargado despertara.

–Busco a una mujer extranjera, quedó de...

–Sí, sí, me avisó de usted. Pase, segundo piso, la habitación del fondo del pasillo.

Subió las escaleras y mientras más se internaba, la poca luz del lugar iba desapareciendo. La puerta del 213 estaba semiabierta. Al empujarla, el rechinido alertó a la extranjera quien salió a su encuentro. Por más que forzaba sus pupilas la semioscuridad y la densa nube de humo de cigarro y marihuana, no dejaban a Albino visualizar bien la escena. La mujer sólo traía una pequeña toalla asida al busto. Al verla caminar de espaldas, la saliva de la lujuria reanimó la seca boca de Albino. Ella dejó caer la toalla y se tiró en la cama. La siguió, sediento, sentía como la sangre le galopaba por todo el cuerpo y también comó le estalló en la sien al notar que, desde el borde de la cama, un hombre lo observaba.

–¿Así es que tú eres el que quiere fotografiar a mi novia? –preguntó en tono también extranjero.

Albino terminó de entrar en pánico, y contestó:

–Este... bueno... sólo que ella quiera... si no mejor me voy– dijo buscando la puerta de salida.

–No. Espérate. Dice Jenny que también quieres tocarla y estar con ella.

–No, yo sólo...?

–¡Cállate! ¿Traes el dinero??

–Sí, sí, aquí están los quinientos pesos –respondió arrojándoselos a las sábanas–, pero...?

–Ningún pero, fotógrafo. Te diré lo que haremos. Veo que te gustan los juegos. Primero tú me tomarás con Jenny y luego, será tu turno. Podrás estar con ella y tendrás tu propia colección de fotos.

Jenny que durante la plática no dejaba de acariciarse, se acercó al tipo para lamerle la espalda y entonces fue que Albino, horrorizado, por fin lo pudo ver bien, a detalle. La mitad del rostro del gringo era una cicatriz de quemadura que de milagro había salvado un ojo desuniforme. Las dos manos las mantenía dentro de una “cangurera” que le rodeaba la cintura. Albino se figuró que ocultaba un arma y que, si lo desobedecía, lo mataría.

–¿Qué pasa fotógrafo? ¡Acércate y empieza a tomarnos porque éstas serán las últimas fotografías que saques en tu vida! ¡Jajaja!

–¿Qué quiere decir? ¿Cómo que mis últimas fotografías? Yo no estoy buscando problemas. Si quiere puede quedarse con el dinero, pero yo mejor me voy.

El tipo por fin sacó las manos de la “cangurera” y no sujetaba ningún arma por el simple motivo de que no tenía un solo dedo. Todos habían sido mutilados casi desde su raíz.

–Demasiado temprano para quererse marchar. La fiesta apenas acaba de empezar y tú eres nuestro invitado de honor –dijo un hombre de color que le salió por la espalda sujetándolo.

Acto seguido, otra mujer apareció detrás de las cortinas. Su desnudo cuerpo acusaba mala cicatrización y los enormes gusanos formados por los queloides, cubrían cortadas trabajadas, seguramente, por ella misma. Acercándose a Albino, le mostró un extraño cuchillo; era largo, semicircular como en forma de columpio y un mango de madera de cada lado. Irónicamente, dentro de su miedo, a Albino se le figuró que era ideal para cortar pizzas.

–¿Lo ves, amigo? –dijo una quinta voz que provenía del baño–, tú no eres el único aficionado a la fotografía. Nosotros también hacemos video y en el Internet tenemos muchos colegas ansiosos de verte poseer a Jenny mientras Spanky te corta uno a uno los dedos... no tienes idea que bien pagado es el sexo con violencia... hay muchos locos sadomasoquistas por el mundo, ¡jajaja!

–Adelante fotógrafo, es tu turno, Jenny es toda tuya, ¿no es lo que deseabas? –susurró el gringo que se hacía pasar por su novio.

–¡Aaaarrrggg!, –gritó Albino al ver salir volando su primer dedo por los aires.

 

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