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Claudette

 21 oct 2019
Por: Alejandro Mier

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Alejandro Mier

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Escritor de novela y cuento. Director General de Target Publicidad. ...

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Fabián y Sandra salieron muy emocionados de la función de cine. Era el año de 1983 y “What a felling”, de Giorgio Moroder, tema de la película “Flash Dance”, se mantenía en los más altos índices de popularidad en toda la unión americana. El reloj marcaba las siete y aunque aún no oscurecía, a causa de la lluvia la tarde pintaba una combinación de negros y grises; Fabián tomó de la mano a Sandra e imitando unos de los pasos de baile de “Maniac” otro tema de la película interpretado por Michael Sembello, hizo que la chica lo siguiera divertida hasta llegar a su recién estrenada Caribe GTI.

Ya resguardados en el auto, la lluvia arreció un poco y Fabián supuso que era su día de suerte así que sacó su estereo “quitapón” de la cajita de guantes y lo colocó en su tablero. De inmediato se prendieron mil foquitos naranjas y el cassette “Memorex” comenzó a tocar el tema principal de “Flash Dance”. Sandra se sentía muy segura con Fabián. Era el chico más popular de la palomilla; guapo, estudioso, decente y de buena familia. Cada que entraba a su calle, todos admiraban su GTI; Fabián decía que era porque estaba achaparrada, tenía llantas anchas de cama baja, le había tocado la máquina y estaba rasurada, pero Sandra aseguraba que no, que al que todos veían era a su novio, no al auto. Fabián se acercó a Sandra y comenzó a besarla con impaciencia, como si el mundo se fuera a acabar en los próximos segundos. Cuando Sandra se dio cuenta ya lo traía encima y sus manos parecían los tentáculos de tres pulpos juntos. Sin embargo, a pesar de la inseguridad del lugar, ella tampoco podía parar. Ya eran muchas y muy arduas las discusiones entre el sí y el no, de tener relaciones, pero ¿por qué aquí? ¿Por qué no planear mejor, su primera vez, en un sitio más tranquilo, sin prisa, sin miedos? Al sentir que Fabián le bajaba de un golpe sus calzoncillos blancos de encaje hasta los muslos, abrió los ojos y pudo ver en el parabrisas empañado que parecían los de un caballo, negros y bellos, sí, pero amenazando con salirse de su órbita. Después de un ligero grito, suspiró tan profundo como nunca y sabiéndose perdida e indefensa, sus caderas se ofrecieron a seguir el ritmo de los intermitentes empujones de Fabián, hasta que éste cayó extenuado, sudoroso, temblando, sobre ella. Aún no se reponían de la intensidad del momento cuando un fuerte golpe en la ventanilla, seguido de una luz cegadora, los regresó a la realidad.

–¡Puta madre! Súbete los calzones de volada, ¡es la ley! –dijo Fabián espantadísimo mientras intentaba acomodarse los pantalones.

–¡Apresúrese, joven! ¡Abra la puerta! –Ordenó el policía.

Fabián bajó del auto y extendiendo la mano, saludó al uniformado:

–Buenas noches oficial…

El policía miró su brazo, y sin tomarle la mano, le respondió:

–Su licencia, por favor.

–No tengo. Aún no cumplo los diez y ocho, pero aquí tengo mi permiso.

–¿Quién es la señorita? ¿Qué edad tiene?

–Es mi novia, tiene 16.

–Está metido en un problema muy gordo amigo; dos menores cometiendo faltas a la moral en plena vía pública, es un delito muy grave. ¿Se imagina que va a pensar el papá de su novia ahorita que tenga que ir por la señorita a sacarla de la delegación? ¡Súbase a la patrulla! A ver, pareja, llévate al joven en la unidad, yo te sigo en el carro con la señorita.

–¡Espere oficial! ¿No podemos arreglarlo de otra manera? –Rogó Fabián.

–¿Cómo de qué otra manera, amigo?

Fabián sacó rápidamente la cartera y le ofreció los ochenta pesos que le quedaban.

–Nooo, joven, me ofende. Eso no cubre ni una cuarta parte de su multa. Guárdelo que allá le va a ser más falta.

Antes de que Fabián pudiera agregar algo más, el segundo oficial lo subió a la patrulla y comenzó a avanzar hasta dejar atrás la Caribe.

Fabián estaba realmente aterrorizado, así es que le imploró al policía:

–Mire, por favor, acepte mi dinero y quédese con mi reloj. Me lo regaló mi papá en mi cumpleaños. Véalo, es suizo. El policía lo observó, detuvo el auto y se dirigió a la Caribe. Desde la jaula de la patrulla, Fabián vio que cruzaron unas cuantas palabras y ambos se acercaron a él.

–A ver, bájese. Tome su permiso y no lo vuelva a hacer…

–Sí, oficial, gracias, gracias…

Mientras las luces azules y rojas de la patrulla se perdían al dar vuelta a la calle, Fabián corrió a su auto.

–¡No puede ser! ¡Que poca, se llevaron mi estéreo y me bajaron como 5 cassettes! Ahora sí se me va a armar con mi jefe.

Se iba a dar de topes contra el logotipo “Momo” que lucía el volante de madera, cuando se percató de que Sandra lloraba.

–Pero, ¿qué tienes? ¿Te hicieron algo estos hijos de su Pink Floyd?

Sandra con el rostro oculto entre las manos, sólo movió la cabeza señalando que no y le pidió que la llevara a casa. Pensó que si le confesaba que los policías los habían dejado libres gracias a las esclavas de oro que les dio, lo mortificaría aún más.

Pasaron seis semanas para que se volvieran a ver. Al principio era ella la que lo evadía, pero al final, fue quien le llamó para pedirle que le invitara un helado.

–¿Qué tienes? Estas muy rara, –se quejó Fabián.

–¿Tú me quieres? –Cuestionó ella regalándole la mirada más nostálgica, triste y desprotegida que Fabián vería en su vida.

–Sandra, ¿a qué viene esto? Si quieres terminar. No te voy a rogar, ¡eh!

–Estoy embarazada.

–¡No manches! ¿Qué dices? –Balbuceó casi cayéndose de la silla.

–Lo que oyes. Ayer me hice la prueba y no hay duda.

–¿Cómo crees? Si sólo lo hicimos una vez…

–Fue suficiente, –contestó rompiendo en llanto–, ¿por qué no te cuidaste? ¡Hubieras usado condón!

–¡Y yo que iba a saber! –Gritó Fabián–. ¡Me lleva…! ¿Y ahora qué vamos a hacer?

–Mi papá quiere ir a hablar con el tuyo. –Concluyó Sandra y se retiró del lugar.

–Señor Mireles usted debe de entender que su hija es tan culpable como mi hijo. Él aún no es responsable de sus actos. Apenas va a entrar a la universidad y comprenderá que no voy a exponer su futuro por este evento tan desafortunado con su hija.

Después de las palabras del papá de Fabián, se hizo un gran silencio en la sala. Ni las mamás, ni mucho menos los jóvenes se atrevían a decir nada.

–Los más que puedo ofrecerle, –continuó el señor Avendaño–, es ayudarlo con una parte de los gastos del parto.

–Me ofende, señor. No he venido hasta aquí con mi hija a pedirle una limosna. Vinimos con la esperanza de que Fabián fuera lo suficientemente hombrecito para afrontar las consecuencias de su acto, tal y como Sandra está dispuesta a hacerlo.

Sandra miró a Fabián con la esperanza de que le dijera algo, pero nunca levantó ni siquiera la cara.

–Vámonos, papá. No tiene caso seguir ni un instante más aquí. –Dijo Sandra tomando el brazo de sus padres para luego retirarse de la casa de los Avendaño.

Durante los siguientes años, Sandra no volvió a tener ningún contacto con Fabián. Sólo a través de amigos en común, se enteró de que se había casado, ahora manejaba la empresa de su padre y era un reconocido empresario textil.

Fabián se tomaba un Chivas Regal en el lobby del Hotel Meliá Cancún, cuando vio a las preciosas piernas bronceadas del mueble contiguo. Tras estarla estudiando un rato, en cierto momento se cruzaron las miradas y al sonreírle, Fabián no sintió que la chica lo rechazara, así es que le llamó al mesero y le pidió que le obsequiara una de las piñas coladas que bebía. Al recibirla, la joven no la desairó, pero tampoco hizo gran fiesta, tan solo miró al hombre y levantando su bebida le agradeció la cortesía. Ese detalle mató a Fabián. “No cabe duda de que es una niña bien”, pensó. “Me vale que me mande a volar por ruco porque chance hasta la edad le doblo, se ve re chavita”.

–Disculpa, ¿no te importa si te acompaño? –Dijo Fabián.

–No, siéntese si quiere.

–Me llamo Fabián, pero no me hables de usted, ¿a poco me veo tan grande?

–Yo soy Claudette, mucho gusto y bueno, no, pero ¿cuántos tiene?

–A ver, tú dime…

–¿Unos 35?

–Guau, me sorprendes, le atinaste a la primera.

Por no espantarla con la diferencia de edades, Fabián no quiso preguntarle la suya, pero suponía que tendría a lo mucho veinte.

–¿Vienes a la expo de ropa?

–Sí, ¿y tú?

–También. Soy modelo.

–Pero es el primer año que vienes, ¿verdad? Porque yo tengo fácil cinco de venir y te juro que si te hubiera visto antes, jamás me habría olvidado de ti.

–Eres muy galante, gracias.

Tras un rato más de plática y varias bebidas, Claudette le confesó que la atraían mucho los hombres maduros y que su madre lo atribuía a que había crecido sin la figura paterna.

–Ya sabes, –dijo bromeando a Fabián–, según los psicólogos, busco más a un papá que a un compañero, jajaja.

El comentario le dio esperanzas a Fabián así es que cogió valor y por fin se animó a invitarla a su habitación.

Cuando Fabián la vio desnuda antes sus ojos, tuvo que fingir para que ella no notara que las piernas le temblaban de ver el monumento de mujer. Era impresionantemente bella y joven, sobre todo, joven.

Hacer el amor no les llevó más de 25 minutos y la verdad fue una pena lo fría que se portó Claudette en la cama. “Qué lástima”, pensó Fabián cuando las espectaculares caderas caminaban hacia el baño; sin embargo, se detuvo y dando la vuelta indagó:

–¿Te gusto?

–No tienes idea de cuanto, –respondió Fabián.

–¿A pesar de ser tan chica? Aún no cumplo ni los 18, ¿sabes?

–Eso te hace ver más linda aún…

–Claudette se rió estrepitosamente y clavando su mirada con desprecio en el desnudo cuerpo de Fabián, le dijo:

–Suponía que serías así de insípido, de ridículo. Mírate nada más, qué desagradable.

Fabián quedó completamente desconcertado con el radical cambio de la chica, pero antes de que pudiera decir algo, ella prosiguió:

–¡Jajaja! “Busco un padre, no una pareja” –dijo imitando la voz de hombre–, eso dice mi psicólogo Fabián, ¿tú crees que se deba a que nunca conocí a mi padre? O a lo mejor tendrá que ver con mi nombre, ¿si te dije cómo me llamo, verdad? Fíjate, te va a divertir tanto como a mí: me pusieron Claudette porque no querían que mi nombre tuviera relación con nadie de la familia…

Para ese momento, el rostro de Fabián estaba desencajado, intuyendo algo.

–Y, ¿cómo crees que me apellido? –Continuó la chica–, ¡Avendaño! ¡Como tú!

Fabián quiso pararse para ir al baño porque tenía nauseas, pero ella se interpuso en su camino y prosiguió:

–Y mi segundo apellido, señoras y señores, no es otro que Mireles. Como mi madre, Sandra Mireles, la misma que tú, viejo idiota, abandonaste.

Fabián se encontraba en un infierno de sensaciones encontradas y como pudo se arrastró hasta el baño y comenzó a vomitar. Mientras lo hacía, Claudette lo miró divertida y arrojando sus calzones blancos de encaje a sus pies y un “cd” remasterizado de “Flash Dance”, le dijo:

–No me olvides, papi, –para luego retirarse cantando “maniac, maniac”.

Fabián seguramente seguía volviendo el estómago mientras Claudette bajó el elevador para encontrarse en el lobby con su amiga del colegio, la verdadera Claudette Avendaño Mireles. Ambas levantaron su mano y se dieron una palmada.

–Me debes una, amiga. Pero te juro que tenías que haber visto la cara de imbécil que puso tu papi. Vámonos, antes de que se aviente por la ventana, ¡jajaja!

Las chicas se tomaron del brazo encaminándose a la salida del hotel. La gente del Meliá Cancún, se preguntaba ¿qué sería tan divertido para provocar tan escandalosas carcajadas en ese par de bellas jovencitas?

 

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