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La Rama... Capítulo II: La Leyenda

 17 dic 2013
Por: Alejandro Mier

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Alejandro Mier

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Escritor de novela y cuento. Director General de Target Publicidad. ...

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En nuestro primer capítulo, Dulce María y su grupo de pequeños amigos estaban sumamente tristes porque al parecer todo mundo había olvidado la tradición de La Rama y ni siquiera recordaban sus versos.
Así es que, haciendo un gran esfuerzo, entre todos, poco a poco fueron armando la canción con pequeñas estrofas que cada quien por su parte recordaba; sin embargo, no fue suficiente y Dulce María, temerosa de que también los chiquillos perdieran la esperanza de recobrar un mundo bueno y feliz, les propuso a sus amigos:
-¡Tenemos que hacer algo por recordar la canción de la rama completa y así poder todos entonarla!
-¡Es cierto!, -reconoció el Chino, -a mí me gustaría enseñársela a mis papás… ya casi no los veo sonreír.
-Querrás decir recordar, porque los adultos ya la conocían, es más yo creo que ellos la inventaron sólo que tal parece que con tantos problemas, ya la olvidaron, -apuntó Yahir.
-¡Tienes razón!, -Interrumpió Roberto, -pero yo se quien nos lo puede decir y hasta podríamos averiguar su origen.
Dulce María lo jaló de la camisa y lo apresuró a responder:
-¡Quién! Anda, ¡dínoslo!
-¡Mi maestro de historia, el señor Raúl!
-¡Vamos!, ¡vamos!, -gritaron al unísono radiantes y se encaminaron por los Portales, rumbo al Malecón.
El maestro Raúl gozaba preparando su clase mientras pescaba en el muelle, frente al Café de la Parroquia. Hasta ese lugar, los pequeños llegaron a interrogarlo.
-¡Ah… muy interesante! Hace años que nadie preguntaba acerca de La Rama… de modo que ustedes quieren conocer toda la canción… vaya, vaya, ¿y a qué se debe el interés de recordar una tradición que prácticamente ya esta olvidada en nuestro querido Estado de Veracruz? ¿Se puede saber? -Preguntó el maestro.
-Sí, profesor Raúl, -respondió Dulce María, -queremos cantarla y recordárselas a nuestros hermanos, padres, abuelos y a toda la gente para recuperar la alegría de nuestras tradiciones.
-¡Excelente! Hoy en día hace mucha falta corazoncitos valientes que borren el velo de apatía, soledad y devuelvan la bondad a esta tierra. ¡Bravo por ustedes, mis niños! Pero antes de aprendernos sus versos necesitan conocer la historia…
-¿La Rama tiene una historia? -Curioseó Diego sorprendido.
-Por supuesto y además muy vieja. Verán, aunque no hay una precisión respecto a su origen, como muchas de nuestras tradiciones, es una fusión de elementos prehispánicos y españoles a los que se le sumó también influencia africana…
-¡Profe!, ¡profe! -Chilló Anilú, -¿verdad que se canta en navidad?
-Eso es muy cierto. La Rama es la tradición típica navideña del Estado de Veracruz y se extendió, incluso, hasta Chiapas y Tabasco; y a partir del 16 de diciembre, con el inicio de las posadas, se podían escuchar los cantos desde Xalapa, Tlacotalpan, Alvarado y el Puerto Jarocho.
-¿Y por qué se le llama La Rama?
-Ah, porque la fiesta inicia eligiendo una rama de otate, naranjo o pino, la cual se adorna con papel de china de colores, palmas, frutas y hasta velas; y a semejanza de los peregrinos que piden posada, niños, jóvenes y adultos van de casa en casa cantando villancicos.
-¡Qué bonito! Y luego que pasa, profe, ¡cuente!, ¡cuente!
-Pasa que la casa donde has llegado te ofrece dulces, buñuelos bañados con miel tibia, fruta ¡y hasta los toritos con su piquetito de alcohol para los adultos!
-¡Jajaja!, -rieron los niños; pero Dulce María, en realidad seguía muy pensativa y los sacudió con su nueva reflexión:
-Maestro, pero todo eso tan lindo que usted cuenta, ya no se ve por nuestras calles, es más, los adultos ya ni la melodía recuerdan, ¡qué pasó!
Por primera vez desde que los chicos rodearon al maestro Raúl, se hizo un silencio absoluto. El maestro se quedó observando las olas que chocaban persistentes contra el muelle y tras una larga respiración, confesó:
-Todo parece indicar que los incontables problemas que agobian a los adultos, han sepultado su fe, creencias, su razón, alegría, y hasta recuerdos.
Hoy, la gente no tiene tiempo de apreciar lo que realmente da valor a la vida: compartir amor, adorar la naturaleza, disfrutar de sonrisas espontáneas, frescas y contagiosas como las suyas… el planeta esta enfermo: es una realidad.
-Maestro, -continuó Dulce María, -si nos enseña los versos de la rama, nosotros podríamos irlos cantando por ahí para animar a la gente…
-Me temo que es demasiado tarde, princesa, -dijo el profesor abrazándola, -hace años que no se ve ni una sola rama en toda la región y para cantar los villancicos es completamente necesario tener una.
-¡Pero algo se debe poder hacer! –Reclamó Roberto angustiado.
-…No sé, quizá… ¡Escuchen!
Los niños rodearon de inmediato al profesor y con mucha atención se grabaron las palabras del maestro:
-…Es probable que esté cometiendo el peor error de mis días… ¡Perdóname Dios mío, si es así!, -dijo mirando al cielo y luego continuó con una voz apenas audible- …cuenta la leyenda que en un oscuro lugar, donde antes todo era verde, existe un valle encantado; sin agua, sin flores, sin animales, prácticamente sin vida… es muy riesgoso intentar llegar ahí pero para quien lo logre, vaya que va a valer la pena ya que en las entrañas del valle encantando se esconde La Rama; un bello y pequeño tronquito. En la punta, tiene una luz natural encendida: es la luz de vida, la que puede devolver al mundo la fe y la dicha que hemos perdido.
-¡Nosotros iremos tras ella, profesor! -Gritó Roberto.
-¡Sí! ¡Sí! -Lo siguieron los demás.
-¡No, esperen!, ¡alguien podría morir, es una aventura muy peligrosa!
Aunque el profesor continuara hablando, para ese momento era ya demasiado tarde; los chicos comenzaban a alejarse por el muelle y en sus rostros, en sus miradas, en su mismo caminar, se veía la seguridad de quien está decidido a lograr su objetivo.
-… Cuídense… -dijo en voz tan queda que ya nadie lo escuchó; sin embargo, Dulce María regresó a él con pasos agigantados y echándosele a los brazos lo besó en la mejilla y le dijo adiós. Después, corrió nuevamente y al alcanzar a sus amigos todos voltearon sorprendidos: el maestro se había trepado en una banca y desde esa altura les cantó:
“Naranjas y limas
Limas y limones
Más linda es La Virgen
Que todas las flores.
 
Naranjas y limas
Limas y limones
Para esos niños
Que son muy tragones” 
-¡Vayan pequeños! Vayan que yo rezaré por ustedes hasta verlos entrar por el mismo boulevard cantando los versos completos ¡y en sus manitas, La Rama!
¡Vayan, mis niños, vayan!
Esta historia continuará…
andares69@yahoo.com.mx
 
 



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