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López Obrador, ante la encrucijada de la historia

 27 mar 2021
Por: Artillero / Moisés Hernández Yoldi

López Obrador, ante la encrucijada de la historia

Andrés Manuel López Obrador ha provocado el despertar de todas las fuerzas de este país, las que lo apoyan y las que están contra él.

El joven líder social que organizaba y agitaba a las comunidades indígenas en su natal Tabasco en los años setentas, aprendió desde muy temprano a caminar entre el lodo y la pobreza, entendió esa dicotomía tan lastimosa en México, un país rico con un pueblo pobre.

El “Mesías tropical”, como lo llamó Enrique Krauze, en su ya mítico artículo de Letras Libres del 2006, se formó en la escuela política más importante de América Latina, el PRI de los años setentas, con su visión nacionalista, estatista y populista, fue el partido de Estado hegemónico más exitoso, poderoso y longevo del continente.

El PRI tuvo la “virtud” de hacer convivir de manera exitosa al Estado con la clase empresarial, el ejército, el clero y los medios de comunicación, todos sometidos y domesticados bajo el yugo de un régimen hegemónico, una Dictadura Perfecta, como la llamó el escritor peruano Mario Vargas Llosa en 1990, en aquel legendario encuentro de intelectuales televisado y donde dejó boquiabierto al premio Nobel mexicano Octavio Paz.

En ese PRI creció, se formó y se construyó la personalidad del líder político y social más importante de México de las últimas décadas.

Tuve la oportunidad de conocerlo en 1997, ya como militante del PRD (luego de renunciar al PRI en 1984), en una reunión en la casa de mi maestra Socorro Aubry, y luego en un par de ocasiones más, durante dos eventos de esa misma campaña, que convirtió a Socorro en la primera diputada federal del PRD por Veracruz. Ese día me quedó claro que no estaba ante un personaje ordinario, su carisma era el de un líder social, mucho más parecido a un predicador que a un político. En esos años su diagnóstico sobre la situación política y social del país ya era muy certero y preciso.

Hay una decisión y documento que pinta de pies a cabeza a López Obrador, en 1983 estando en el PRI, intentó encabezar una renovación democrática dentro del partido, pero en su camino encontró varias resistencias que incluso lo llevaron a perder el puesto como director del Instituto Nacional Indigenista, ante lo cual el gobernador de Tabasco en ese entonces Enrique González Pedrero, le ofreció el cargo de Oficial Mayor de su Gobierno, pero López Obrador solo estuvo 24 horas en el cargo, presentando su renuncia con el siguiente mensaje:

“Desde siempre mi trabajo lo he dedicado a servir a los intereses mayoritarios de mi pueblo. Hoy, Usted me brinda la oportunidad de ocupar el honroso cargo de Oficial Mayor de Gobierno que sinceramente siento me aleja de ese propósito fundamental...”

Con este documento de renuncia, el entonces priista López Obrador, dejaba en claro su visión, convicciones y perfil “populista”, sabía que su fuerza estaba con la gente y que asumir ese cargo lo llevaría al pantano de la burocracia de oficina, ahí donde la luz de los líderes sociales se apagan.

Estoy convencido que López Obrador pasará a la historia, para bien o para mal, como el político que sacudió a México y que fue capaz de mover voluntades y despertar conciencias, a su favor y en contra, y esa, nos guste o no, es una gran aportación a un país que se había mostrado y comportado apático y sumiso.

Ver a gente en las calles apoyando a López Obrador y al mismo tiempo ver a otro muchos más manifestarse en su contra, es un muestra del despertar de una sociedad que finalmente asume el papel que le corresponde en la democracia.

Ver a empresarios exigirle al presidente que corrija el rumbo, que respete la Constitución, es un grandísimo avance, porque muchos de esos mismos empresarios que hoy critican con gran valor y razón las equivocadas decisiones del Ejecutivo, en el pasado fueron sumisos y en muchas ocasiones cómplices de los gobiernos priistas.

Ver al Poder Judicial hacer valer su independencia y autonomía, y revelarse ante una iniciativa de Ley del presidente, es maravilloso, un momento estelar de la República, porque por muchos años el Poder Judicial estuvo sometido a las decisiones e intereses del presidente. Ver, leer y escuchar a muchos medios de comunicación y periodistas que en el pasado estaban al servicio del presidente o del gobernador en turno, y que ahora ejercen con toda razón y con gran valor su derecho a la crítica, es un espectáculo de las grandes democracias.

Las instituciones están funcionando, están resistiendo ante un presidente autoritario que intenta imponer su verdad y su razón al estilo del viejo PRI, de aquel PRI que llevó al poder a Diaz Ordaz y su trágico Tlatelolco, a Echeverría y su “Halconazo”, el mismo que llevó en solitario y sin oposición al poder a López Portillo y su desastroso régimen, a Salinas de Gortari y su corrupto y corruptor gobierno, que aún es añorado y justificado por los idólatras del neoliberalismo.

No voté por López Obrador, no porque no coincida con su diagnóstico, sus razones y sus causas, no lo hice porque temía que se convirtiera en lo que se ha convertido, pero tampoco voté a favor de los responsables de la grave crisis que nos trajo hasta aquí. El PRI y PAN le deben una disculpa al pueblo de México, mientras no lo hagan están ética, moral y políticamente inhabilitados para volver al poder.

López Obrador está ante una grandísima oportunidad histórica, sigue contando con el apoyo y respaldo de la gran base social del país, y no solo de aquellos que viven de las limosnas del Estado, sino también de millones de mexicanos que gracias a su trabajo, honradez, valores,  principios y su fe, hacen que este país resista a pesar de sus malos y corruptos gobernantes y sus cómplices.

Si López Obrador no interviene en la elección y se retira del Poder al finalizar su sexenio, pasará a la historia como el líder social que despertó conciencias y movió voluntades. Su autoritarismo, su necedad, su visión estatista y nacionalista anclada al pasado, sus soluciones anacrónicas, serán anécdotas y rasgos de la personalidad de un líder social que alcanzó el poder en base a persistencia y producto del hartazgo de la sociedad.

Pero si comete el error de aferrarse al poder, entonces arrastrará al país a un oscuro túnel por el que ya hemos transitado en el pasado, y acompañará en el cuadro de la ignominia a personajes como Santa Ana y Porfirio Díaz, que por no saber retirarse a tiempo, fueron flagelados por el peso de sus propios actos.

 



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