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La educación como contagio

 8 oct 2021
Por: Roberto Matosas

Ciertamente necesitamos seres memorables, personas ejemplares para nosotros, aquellas que podemos recordar e imitar. Pero en definitiva en la educación se requieren maestros, quienes no dicen simplemente "hazlo como yo", sino que demandan y se disponen para decir "hazlo conmigo". Porque la educación es la convocatoria a participar de un espacio común, muchas veces aún por confirmar, por crear. No es la mera intervención para insertarnos en un mundo ya dado. Pero sobre todo es una llamada a no quedarnos limitados al horizonte de nuestra existencia cotidiana. La educación nos saca de lo que ya somos y nos provoca a ser de otra manera. Educar no es entregarse o rendirse a lo que ya existe, una simple adaptación, un cambio de maneras.

Para empezar, porque vivimos en un mundo donde aún hay miseria e ignorancia, con todas sus vertientes de pobreza, temor, hambre y violencia. De este modo, la cultura y la educación son verdaderas acciones de lucha por un mundo más justo y más libre. En definitiva, el mundo enfermo requiere de amistad y de comunicación efectivas, del eros terapeuta. Necesitamos más que nunca de seres generosos, valientes, con entereza, con integridad, dispuestos a batirse y a trabajar con los demás en ámbitos cada día más singulares, el aula, la conversación, la tarea en común, la escritura, el espacio público, la experiencia compartida, la innovación, la creación...

En definitiva, vivir es aprender. Dejar de hacerlo es fallecer. Sin curiosidad, la de ver si las cosas pueden ser de otra manera y nosotros otros que los que somos, sin transformarnos, sin incorporar otras posibilidades, no hay aprendizaje sino sólo, en el mejor de los casos, acopio de conocimiento, mero adiestramiento. Pero aprender requiere decisión, libertad y coraje. Y aquí no valen sin más las recetas preestablecidas.

Sin embargo, hay algo más difícil que aprender, que es enseñar, porque enseñar significa: dejar aprender. Es lo que hace el verdadero maestro. Y algo sabemos de cómo enseñar y de cómo aprender, por contagio, por contacto. La educación es una relación, un espacio compartido, una ética (un ethos), un aire común, una atmósfera, un aroma que hace que haya quienes tienen algo que ver juntos y sólo juntos son capaces de verlo.

Educar es enseñar a hablar, leer y escribir, esto es a comprender, a conocer, a conversar. A hablar con alguien sobre algo, a ser capaz de leer sobre determinados asuntos, a poder escribir de ello. Por eso, sólo se es educado cuando se cuenta con lo dicho por los otros, cuando se escucha, cuando alguien se sabe otro que uno mismo. La educación nos altera, nos hace otros.

Educar es una forma de vivir contagiosa. No es cierto que sólo se contagien las enfermedades, también se contagia la salud. Quien ha tenido la suerte de conocer a alguien así no lo olvida nunca. Las actitudes y las competencias son compatibles con los conocimientos, como los afectos con los conceptos. Y tal es la generosidad afectiva del educador, enseñar a los demás a poder vivir prescindiendo de uno mismo, autónomamente, a ser artífices de su propia vida. Educar es saber desprenderse, despedirse, retirarse a su tiempo. Y pocos conocen hasta qué punto a veces se echa de menos a los chavales. De acuerdo, no siempre. No es infrecuente, por tanto, reconocer en las experiencias del maestro las huellas de la memoria y el calor de los afectos, el corazón labrado en contextos difíciles, de enorme soledad también y de poco reconocimiento. Ha sido un placer sentir los latidos y compartirlos, un privilegio poder saborearlo. Eso es saber de verdad, sapere, saborear. En definitiva, la educación no es patrimonio de nadie, es un bien público y una sociedad es lo que ésta sea. Es preciso más que nunca redoblar los esfuerzos por profundizar con ella los derechos civiles, la igualdad de oportunidades, la posibilidad de transformar la sociedad. Y la educación es una tarea común que no puede reducirse a mera moneda de transacción política. Un acuerdo por la educación resulta imprescindible, es un regalo, un don, lo que podemos legar, entregar.

 

Fuente: Dr. Angel Gabilondo, El País, mayo 18.2006

 



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