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lunes 17 de mayo del 2021 12:10 PM, Veracruz, México.
 
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Inseguridad

 16 jun 2014
Por: Ramón de la Peña

Hace tiempo escribí sobre el tema de la inseguridad en nuestro país, desgraciadamente un tema todavía muy vigente y real en nuestra comunidad, lo comparto de nuevo con ustedes. En el contaba la historia de dos niños, dos historias, dos padres, dos vidas pero con un solo final.
La niña nació de una familia de clase media alta, cuyos padres estudiaron en una de las mejores universidades de México. Ahí se conocieron, se enamoraron, posteriormente se casaron y juntos iniciaron una empresa muy exitosa relacionada con tecnologías de información y comunicación, lo que les permitió tener suficientes recursos económicos para vivir en una de las mejores colonias de la Ciudad de México: una casa amplia, con un excelente jardín, con tres carros a la puerta, más bien en el estacionamiento interior. Les permitió además mandar a su hija a las mejores escuelas particulares de la Ciudad de México. Sin duda, a nuestra niña le tocó vivir en el México del primer mundo, con suficientes recursos económicos para tener una excelente alimentación, acceso a los mejores servicios y sistemas de salud, acceso a ropa de calidad, a educación, vacaciones y diversiones de primer mundo. Todo iba bien en su vida hasta que abruptamente interactuó con el segundo niño de esta historia.
 El niño nace dentro de una de las familias más pobres de la Ciudad de México, dentro de una familia de pepenadores. Es el número ocho de una familia de doce, de los cuales sólo lograron sobrevivir cinco, siendo el niño de nuestra historia el más pequeño. Resultó ser hijo de un analfabeto alcohólico, al que no le caía trabajo ni por casualidad y de una muy conocida madre histérica que para hablar gritaba y para acariciar pegaba. Así, mientras su padre se las ingeniaba para conseguir alcohol, su madre lo transformó en uno más de los cientos de pepenadores que cotidianamente visitan los tiraderos de basura para buscar alguna cosa de valor. Sus espejos de aprendizaje fueron sus padres, en una vida familiar un tanto amoral, al lado de sus hermanos mayores, quienes se ingeniaban en molestarlo continuamente por ser el menor de edad. Nunca asistió a la escuela y pronto entró a formar parte de la pandilla del barrio, en la cual aprendió a pelear, a defenderse, a mentir, a robar, a asaltar y finalmente a secuestrar personas con mayores recursos económicos que los que tenían en su familia. Aprendió también que existen maneras para evadir a la Policía; aprendió que la impunidad y la corrupción son las principales herramientas para ser exitoso y perseverar en este tipo de actividades ilícitas.
En ese momento se cruzaron los caminos de nuestros dos niños. El joven de nuestra historia desde muy joven empezó a notar que a él y a su familia le había tocado la peor parte, pero también se dio cuenta que había otras personas a quienes les tocó nacer, crecer, educarse y vivir en un México de primer mundo y a quienes parecía que les importaba muy poco la gente como él. Estas diferencias, esta iniquidad, primero empezaron por molestarlo; pronto pasó a reclamar a sus padres, a su suerte, a la vida, a Dios y sus iglesias, al Gobierno y finalmente empezó a odiar a todas las personas que tenían más, pero aun más cuando al pedirles ayuda, lo miraban con indiferencia, con rechazo y prácticamente nadie con compasión y mucho menos con ganas de ayudarlo.
Así que decidió actuar en contra de esos "riquillos", término con el que él y su pandilla etiquetaban a las personas que habían nacido en el México del primer mundo. Caminando por Reforma Lomas en un día de verano, nuestro niño ya jovencito observa a la niña, ahora una joven estudiante de una de las universidades particulares más prestigiadas de la Ciudad de México, llegar a su casa en el nuevo automóvil BMW que su padre la había regalado en su cumpleaños. El joven convence a su pandilla de secuestrar a la jovencita. Así lo hacen, la secuestran, la encierran en un cuarto oscuro y empieza el proceso de comunicación agresiva con ella y sus padres. Se inician los insultos, definen una solicitud importante de dinero como rescate, siguen una serie de cambios, acuerdos, negociaciones entre la familia de ella y sus secuestradores. En ese proceso, nuestra niña sufrió vejaciones verbales, físicas, emocionales y espirituales. La mantuvieron encadenada, casi sin comer, hasta la raparon en un momento de agresividad por parte de sus secuestradores. La familia de la niña sufrió intensamente por más de tres meses hasta que finalmente lograron recuperarla mediante un pago económico importante.
El joven sigue libre, a pesar de las denuncias e interacciones de la familia con la Policía. Me imagino que sigue haciendo lo mismo que aprendió en su niñez y juventud: pelear, defenderse, robar y secuestrar. Aunque ahora ya lo hace no sólo con los ricos, sino con todas aquellas personas que tienen algo más que él. Ella y su familia quedaron marcadas para siempre, no han podido borrar de su mente el proceso del secuestro que vivieron. Su miedo, enojo y decepción se acentúan ante la impunidad que ellos sienten ha entorpecido la investigación sobre el secuestro de su hija y la multiplicación de casos de inseguridad que han visto en parientes cercanos y un sin número de ellos en los medios de comunicación.
 ¿Qué podemos aprender de la historia de nuestros dos niños?: Que nos debemos de cuidar; Que debemos eliminar la inseguridad, la impunidad y la corrupción. La inseguridad es la gran ventana rota de nuestro país. Aprendí que debemos eliminar la inequidad y las diferencias tan grandes que existen entre los que más tienen y los que menos tienen. Recuerdo el comentario que un empresario cubano le hizo a Don Eugenio Garza Sada, ante su pregunta: ¿qué hicieron ustedes para perder su país en manos de Fidel Castro? No fue lo que hicimos, Don Eugenio, respondió el empresario, fue lo que no hicimos. Efectivamente, eliminar la inseguridad, la impunidad y la corrupción es una tarea de todos, pero sobre todo de los que tienen como responsabilidad directa el atender estos asuntos. Recuerdo también el reto que nos lanzó el Dalai Lama en su libro "La ética del nuevo milenio", al decir: "Permítaseme llegar a ser, ahora y siempre, el protector de aquéllos sin protección; un guía para quienes han perdido el camino; un santuario para quienes están en peligro; un lugar de refugio para aquéllos a quienes les falta un hogar; y un servidor para todos los que me necesiten". Finalmente, recomienda: "Si no puede actuar así; si no puede o no quiere ayudar a los demás, al menos no los lastime. Actúe como un turista, que sólo vino a la vida a pasear. Pregúntese... ¿puedo ganar algo lastimando a los demás durante mi estancia en este mundo?, ¿vale la pena hacerlo?".       
 
 



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