Hay relaciones que desde el principio se sienten intensas, apasionadas, casi de película. Él quiere saber dónde estás, con quién, a qué hora regresas. Ella lo interpreta como interés, como amor. Pero lo que muchas veces parece un noviazgo envidiable puede ser, en realidad, el primer capítulo de una historia de violencia.
Así lo advierte Lorena Cortés Medina, terapeuta especializada en trauma y relaciones de pareja, quien explica que el ciclo de violencia no comienza con un golpe: empieza mucho antes, disfrazado de afecto.
Para muchas personas, la violencia en la pareja tiene una imagen concreta: gritos, insultos, moretones. Sin embargo, la especialista señala que ese es un error de percepción que cuesta caro. El problema comienza desde los primeros meses de la relación, cuando los comportamientos controladores se presentan como señales de amor.
"Es cuando la relación se empieza a dar de manera intensa, en donde empieza a haber un control disfrazado de 'me interesas' hasta que sistemáticamente la persona ya se encuentra dentro de la violencia".
Este proceso gradual es, precisamente, lo que lo hace tan difícil de detectar. No hay un momento exacto en que todo cambia de golpe. Es una acumulación lenta, casi invisible, de actitudes y comportamientos que van erosionando la autonomía, la confianza y la autoestima de quien los vive.
Uno de los conceptos más importantes que aborda la terapeuta es el de las "micro violencias", esas conductas cotidianas que no dejan marca visible pero que van deteriorando la relación de manera silenciosa.
Son acciones que, vistas de manera aislada, podrían parecer insignificantes, pero que acumuladas forman un patrón de control y sometimiento.
Entre las más comunes, la especialista menciona:
"Como silencios prolongados, el gas, desvalorización, aislamiento social, cuando apartan a la pareja de todas sus amistades, que se empieza a normalizar porque no se ve como un golpe pero a final de cuentas empiezan a deteriorar la relación".
El problema con estas conductas es precisamente que se normalizan. Se integran al día a día como si fueran parte natural de convivir en pareja, y para cuando la persona se da cuenta de lo que está viviendo, ya lleva meses o años inmersa en esa dinámica.
La experta hace énfasis en algo que muchas veces se pasa por alto: aunque las víctimas se acostumbren a ciertas dinámicas y las acepten como normales, en el fondo siempre hay algo que no cuadra. Esa incomodidad, esa duda persistente de que algo no va bien, es una señal que no debe ignorarse.
De hecho, comparte que la mayoría de las mujeres que llegan a buscar ayuda profesional no se identifican a sí mismas como víctimas de violencia. Acuden al consultorio por otras razones: ataques de pánico, ansiedad crónica o depresión. Es durante el proceso terapéutico cuando comienzan a conectar esos síntomas con lo que viven en casa.
Este dato es fundamental, porque revela cuántas mujeres están pidiendo ayuda sin saber exactamente para qué. El cuerpo y la mente dan señales antes de que la conciencia pueda ponerle nombre a lo que ocurre.
Uno de los puntos más preocupantes que señala la especialista es el incremento de casos en parejas jóvenes. Advierte que entre personas de 20 a 22 años se ha normalizado de manera alarmante el control, la vigilancia y la violencia digital como formas de relación.
Esta generación creció con redes sociales y smartphones como parte de su vida cotidiana, y eso ha abierto una nueva dimensión para el control dentro de las relaciones.
Revisar el historial de mensajes, exigir que la pareja esté disponible en todo momento, monitorear sus publicaciones o hacer escenas por una foto: todo esto forma parte de un patrón de violencia que muchos jóvenes asumen como normal porque nunca han conocido otra cosa.
Las consecuencias de vivir en estas dinámicas no son menores. La violencia, sin importar su forma, genera afectaciones en múltiples dimensiones de la vida: problemas psicológicos, deterioro en las relaciones sociales, dificultades laborales y daño económico. No es un asunto privado ni menor: es una crisis de salud pública.
Para quienes tienen una amiga, hermana o familiar en una relación con estas características, la especialista tiene un mensaje claro: intervenir con apoyo y respaldo, pero sin imponer.
La mujer que vive violencia necesita reconocer su situación para poder salir de ella. Obligarla o presionarla sin acompañamiento puede tener el efecto contrario.
Lo más importante, insiste Cortés Medina, es buscar ayuda profesional ante cualquier señal, por pequeña que parezca. No esperar a que la situación escale.
Porque cuando la violencia encuentra terreno fértil y no encuentra freno, puede terminar de la peor manera posible: en un feminicidio. Y eso, en Veracruz y en todo México, ya ha ocurrido demasiadas veces.
El amor de verdad no controla, no aisla, no silencia. Y reconocer esa diferencia puede, literalmente, salvar vidas.