Hay edificios que cuentan parte de la historia de una ciudad con solo pararse a mirarlos. La torre ubicada frente a la macroplaza del malecón de Veracruz es uno de ellos, pero hoy lo que cuenta no es gloria, sino abandono.
Cristales rotos, cornisas desprendidas, escaleras oxidadas y fachadas sin pintura son el panorama que reciben a diario los turistas y veracruzanos que transitan por una de las zonas más emblemáticas del puerto.
El inmueble, que fue inaugurado en noviembre de 1952, tiene una historia que pocos conocen. Fue construido sobre terrenos ganados al mar bajo la dirección del reconocido arquitecto Carlos Lazo, y con sus 13 pisos se convirtió en el primer edificio de esas características en la región.
Nació para albergar la sede del Banco de México en el puerto, y con el tiempo pasó a manos de Petróleos Mexicanos (Pemex), donde sirvió como oficinas durante décadas.
Con el gobierno anterior, el inmueble fue transferido a la Comisión Nacional del Agua (Conagua), y en ese trayecto de institución en institución, el mantenimiento quedó en tierra de nadie.
Hoy, el edificio volvió formalmente a manos de Pemex, pero el cambio de administración no ha significado ninguna mejora visible. Al contrario: el deterioro avanza y la torre sufre daños ante la mirada de quienes pasan por el malecón.
En uno de los pisos ya no quedan cristales en las ventanas, lo que expone el interior a la intemperie.
A eso se suman cornisas que se han desprendido de la estructura, escaleras metálicas completamente oxidadas y una falta total de pintura y mantenimiento general que hace que el inmueble luzca en franca decadencia.
Este no es un problema reciente. Desde hace años, distintas voces han alzado la mano para denunciar las condiciones del lugar. En 2022, trabajadores sindicalizados de Pemex que laboraban ahí señalaron públicamente que su centro de trabajo estaba en muy malas condiciones. Las cosas no han cambiado.
El deterioro no se limita a la torre. A un costado del edificio se encuentra el conjunto escultórico conocido como "La Riqueza del Mar", una obra que por décadas ha formado parte del paisaje urbano del malecón veracruzano.
Este conjunto corre la misma suerte: años de negligencia han pasado factura a una pieza que debería ser cuidada como lo que es, patrimonio de la ciudad.
Juntos, la torre y la escultura representan una parte importante de la identidad urbana de Veracruz. Verlos deteriorarse en plena zona turística no solo es una pérdida estética, sino un golpe directo a la imagen del puerto y a su potencial como destino cultural y turístico.
Quien ha levantado la voz por el rescate de la torre es la familia del arquitecto Carlos Lazo, el constructor que concibió y levantó el edificio hace más de siete décadas.
Su llamado no ha caído del todo en el vacío. El Ayuntamiento de Veracruz ya aprobó la firma de un convenio con el gobierno del estado, con el objetivo de impulsar acciones concretas que fortalezcan la imagen urbana del puerto y protejan su patrimonio histórico y arquitectónico. Sin embargo, hasta el momento no hay obras iniciadas ni fechas definidas.
Lo más doloroso del asunto es que ocurre en uno de los puntos más visibles y concurridos de la ciudad. La macroplaza del malecón recibe a miles de personas: familias veracruzanas, turistas nacionales e internacionales, y visitantes que llegan al puerto buscando precisamente eso, la imagen histórica y viva de Veracruz.
Lo que encuentran frente a sus ojos, en cambio, es una torre que alguna vez fue símbolo de modernidad y ahora proyecta abandono. Un edificio que en su momento marcó un antes y un después en la arquitectura del puerto, hoy se convierte en ejemplo de lo que pasa cuando el patrimonio queda atrapado entre instituciones que se lo pasan de mano en mano sin que nadie asuma la responsabilidad real de cuidarlo.
El reto es claro: se necesita voluntad política, recursos y coordinación entre Pemex, el gobierno del estado y el Ayuntamiento de Veracruz para que el convenio firmado se traduzca en acciones concretas.
La torre de Carlos Lazo lleva décadas resistiendo. La pregunta es cuánto más puede aguantar antes de que sea demasiado tarde para salvarla.