Para la mayoría de las personas, la diferencia entre un sismo de magnitud 4 y uno de magnitud 6 suena a solo dos números. Pero esa percepción está muy lejos de la realidad. Detrás de esa aparente cercanía numérica se esconde una brecha de energía que puede cambiar completamente el impacto de un temblor sobre una ciudad, una comunidad o una región entera.
Y en un estado como Veracruz, donde la actividad sísmica es parte del paisaje cotidiano, entender esta diferencia no es un tema académico: es información que puede salvar vidas.
Alejandro Vargas Colorado, investigador del Instituto de Ingeniería de la Universidad Veracruzana, lo explica con claridad: la escala de magnitud sísmica no funciona como una regla común donde dos es el doble de uno. Se trata de una escala logarítmica, lo que significa que cada número entero representa un salto exponencial en la cantidad de energía liberada durante el movimiento telúrico.
Dicho en términos simples: no es que un sismo más grande libere un poco más de energía. Libera una cantidad radicalmente mayor, difícil de visualizar sin los datos precisos sobre la mesa.
El investigador ofrece una comparación que deja muy poco margen para la ambigüedad. Un sismo de magnitud 5 ya representa un incremento enorme respecto a uno de magnitud 4. Pero cuando se da el salto de dos grados completos, los números se vuelven casi difíciles de procesar:
"Un sismo de magnitud 5 libera 32 veces más energía que un sismo de magnitud 4; ahora, si comparamos un sismo de magnitud 6 con un sismo de magnitud 4, es decir 2 puntos, 2 enteros, es aproximadamente mil veces más energía".
Esta progresión no se detiene. Conforme sube la magnitud, la diferencia de energía sigue creciendo de forma acelerada, lo que convierte a los sismos de gran magnitud en fenómenos de una potencia destructiva que no tiene comparación con los temblores menores que muchos veracruzanos perciben como algo rutinario.
Uno de los puntos que Vargas Colorado subraya con mayor énfasis es la distinción entre dos términos que con frecuencia se confunden, incluso en medios de comunicación: la magnitud y la intensidad de un sismo.
La magnitud es un valor único y fijo. Mide la cantidad total de energía que se liberó en el punto de origen del sismo, conocido como el foco o hipocentro. No importa dónde estés parado cuando ocurra el temblor: ese número no cambia.
La intensidad, en cambio, es otra historia. Se mide mediante la escala de Mercalli y describe los efectos que el sismo produce sobre personas, estructuras y el entorno en un lugar específico. Por eso, un mismo sismo puede sentirse con fuerza devastadora en una zona y apenas percibirse como un ligero balanceo en otra.
¿De qué depende esa diferencia? De varios factores que el especialista identifica con precisión:
Esto explica por qué en ocasiones un sismo relativamente moderado genera daños severos en ciertas colonias o municipios, mientras que zonas cercanas apenas lo registran. No es casualidad ni mala suerte: es física, y entenderla ayuda a planificar mejor la prevención.
Veracruz se ubica en una de las zonas sísmicas más activas del país. Su posición geográfica, con influencia de diversas fallas geológicas y su cercanía con regiones de alta sismicidad en el sur-sureste de México, hace que los movimientos telúricos sean una realidad recurrente para millones de habitantes.
En ese contexto, la divulgación científica que realizan investigadores como Vargas Colorado desde la Universidad Veracruzana cumple una función esencial: traducir el lenguaje técnico en información útil, comprensible y accionable para la población.
Saber que un temblor de magnitud 6 no es simplemente "un poco peor" que uno de magnitud 4, sino que representa mil veces más energía, cambia la forma en que una persona percibe la amenaza, prepara su hogar y responde ante una emergencia.
Los datos que comparte el investigador del Instituto de Ingeniería de la UV no son solo académicos. Son el tipo de información que debería formar parte de la educación básica en cualquier comunidad que conviva con la actividad sísmica, y que en Veracruz tiene una vigencia permanente.
Porque al final, la diferencia entre estar preparado y no estarlo también puede medirse en escala logarítmica: pequeña en apariencia, enorme en consecuencias.
Foto: EFE