Veracruzano vive el eclipse solar desde el mar de Groenlandia

Imagen Veracruzano vive el eclipse solar desde el mar de Groenlandia

Por: José de Aquino
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Mientras cientos de miles de personas en Veracruz se preparaban con sus lentes especiales y montaban sus telescopios para seguir el eclipse total de Sol, un porteño lo vivía desde uno de los rincones más remotos del planeta. Jesús Armando Lezama no estaba en el malecón ni en ningún parque de la ciudad: estaba en medio del mar de Groenlandia, a bordo de un crucero que navegaba rumbo a la isla de Disko, después de recorrer la bahía de Baffin y el estrecho de Davis.

Una experiencia así de singular no le toca a cualquiera. El eclipse cruzó el cielo ártico con toda su majestuosidad y, aunque el clima jugó sus propias cartas esa mañana, el veracruzano terminó siendo testigo de la totalidad desde las aguas del Ártico, rodeado de unos 350 a 400 pasajeros llegados de distintas partes del mundo.

El drama de las nubes y la esperanza en los últimos minutos

El mayor enemigo de cualquier astrónomo —aficionado o profesional— es el clima, y ese día no fue la excepción. Durante buena parte de la jornada, el cielo sobre el Ártico se mantuvo cubierto por nubes densas que amenazaban con arruinar la observación. La tensión entre los pasajeros del crucero era palpable: todos querían ver el eclipse, y el reloj avanzaba sin dar señales de mejora.

Pero el cielo decidió ser generoso en el momento justo. Minutos antes de que iniciara el eclipse, las nubes comenzaron a abrirse lentamente, casi como si el espectáculo que estaba por comenzar mereciera su propio telón descorrido.

"Justamente antes de que empezara el eclipse como que las nubes empezaron a despejar un poco y sí logró darnos la oportunidad de verlo en su totalidad".

Paradójicamente, esas mismas nubes que tanto preocuparon terminaron siendo aliadas. Al filtrar la intensidad de la luz solar, facilitaron la observación a simple vista y permitieron capturar imágenes con mayor facilidad, sin que la luminosidad arruinara las fotos.

El Ártico tiene su propia lógica de luz

Una de las particularidades más sorprendentes que vivió Lezama fue entender que en el Ártico, durante el verano, prácticamente no existe la oscuridad. El sol no se pone: hay luz las 24 horas del día. Eso cambia completamente la forma en que se percibe un eclipse.

En lugar del dramático oscurecimiento repentino que se experimenta en latitudes más bajas —ese instante casi apocalíptico en que el día se convierte en noche en segundos— lo que ocurrió en el mar de Groenlandia fue más sutil, aunque igualmente fascinante.

"En vez de ver nubes brillantes blancas, pues todo se ve un poquito más gris, un poquito más azul oscuro".

El paisaje ártico adquirió tonalidades más frías y apagadas durante la totalidad. No fue la oscuridad dramática que muchos esperan, sino una especie de penumbra suave, casi fantasmal, que transformó por unos minutos la atmósfera del crucero en algo difícil de describir con palabras.

Un plato de sopa, agua y el eclipse de 1991

Para Jesús Armando Lezama, este eclipse no era el primero. Hace más de tres décadas, siendo estudiante de primaria, vivió otro fenómeno astronómico que quedó grabado en su memoria: el histórico eclipse total de Sol del 11 de julio de 1991, uno de los más importantes del siglo XX y que fue visible desde gran parte de México.

En aquel entonces, el recurso era mucho más modesto, pero igualmente ingenioso:

"Me llevé un plato como de sopa, le pusimos agua y lo dejamos justo ahí en la ventana para que estuviéramos pendientes cuando empezara a correr el Sol y la Luna juntos".

El principio de usar un recipiente con agua como espejo para observar el eclipse de forma indirecta es tan viejo como efectivo. Y 35 años después, en medio del océano Ártico, Lezama recurrió exactamente al mismo método: un recipiente con agua que le permitió captar el reflejo del fenómeno sin arriesgar la vista, igual que cuando era niño.

Hay algo profundamente humano en esa imagen: un veracruzano, en uno de los lugares más inhóspitos y remotos del planeta, repitiendo el mismo gesto sencillo que aprendió en su infancia en el puerto.

Desde el Ártico, el corazón en Veracruz

Al terminar la observación, cuando el sol volvió a brillar con toda su intensidad sobre las frías aguas de Groenlandia, Lezama no perdió la oportunidad de mandar un saludo a quienes se quedaron en el puerto.

"Se extraña bastante, ya sabes, la comida, los amigos y la fiesta que hacemos en Veracruz".

Esa frase lo dice todo. Puedes estar navegando en el mar de Groenlandia, rodeado de icebergs y viajeros de decenas de países, viendo uno de los espectáculos más impresionantes que ofrece la naturaleza, y aun así pensar en los tacos, en los amigos y en la manera tan particular en que Veracruz convierte cualquier acontecimiento en celebración.

El eclipse duró lo que duran todos los eclipses: un momento fugaz. Pero para este veracruzano quedará como uno de esos recuerdos que se cuentan para siempre, de esos que conectan la infancia con la madurez, el puerto jarocho con el Ártico, y un plato de sopa con el cosmos entero.

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