Hay una pregunta que pocos se hacen cuando caminan por las calles de Veracruz o Boca del Río: ¿qué pasaría si temblara fuerte aquí? No es un escenario descabellado ni una amenaza inventada. Es una advertencia que lanza un especialista de la Universidad Veracruzana, y que tiene fundamento en la historia misma de esta tierra.
Alejandro Vargas Colorado, investigador del Instituto de Ingeniería de la UV, encendió los focos de alerta al señalar que uno de los mayores riesgos sísmicos que enfrenta Veracruz no viene del subsuelo, sino de algo más difícil de medir: el olvido colectivo.
Según Vargas Colorado, los periodos de retorno entre sismos fuertes en la zona conurbada Veracruz-Boca del Río pueden extenderse durante décadas. Sesenta años, setenta, o incluso más. Y ese intervalo tan largo genera algo peligroso: la percepción generalizada de que aquí, simplemente, no tiembla.
"Se pierde la memoria histórica de que ya se han presentado sismos destructivos".
Esa pérdida de memoria no es solo un asunto cultural. Tiene consecuencias físicas y estructurales muy concretas. Mientras la ciudad crece, se construyen edificios cada vez más altos, y no siempre con los criterios técnicos que exige una zona sísmica. El resultado, advierte el especialista, puede ser devastador si llega un movimiento telúrico de consideración.
"Los edificios son más altos, entonces podrían causar más daño".
Para entender por qué esta advertencia no debe tomarse a la ligera, vale la pena volver al 3 de enero de 1920, fecha en que un poderoso terremoto sacudió principalmente la región de Xalapa y municipios de Veracruz y Puebla. El movimiento dejó derrumbes, graves daños materiales y una huella profunda en la memoria de quienes lo vivieron.
Lo que hoy se recuerda de ese episodio no es solo la tragedia, sino también la respuesta humana que generó. Rafael Guízar y Valencia, quien acababa de llegar a Veracruz como obispo, tomó una decisión que marcó su figura histórica: los recursos reunidos para darle la bienvenida fueron redirigidos de inmediato a la atención de los damnificados. Además, el religioso recorrió personalmente las comunidades afectadas para conocer su situación y ofrecer apoyo directo.
Este hecho es considerado uno de los ejemplos más citados de solidaridad ante un desastre natural en la historia veracruzana, y forma parte del legado que llevó a la beatificación de Guízar y Valencia.
El investigador de la UV desmintió la idea de que Veracruz es una entidad ajena a los riesgos sísmicos. La baja frecuencia de eventos destructivos no equivale a inmunidad. Y construir sobre esa falsa premisa puede costar vidas.
"Pensamos que no nos va a temblar y construimos sin tomar en cuenta este efecto, que es muy dañino para las estructuras cuando no se construyen para soportar".
Por eso, Vargas Colorado considera indispensable recuperar una cultura de construcción segura en la región, que tome en cuenta las condiciones sísmicas locales desde la etapa de diseño de cualquier inmueble. No como medida excepcional, sino como práctica habitual y obligatoria.
Más allá del ámbito técnico y de la construcción, el especialista también dirigió un mensaje claro a la ciudadanía en general. La prevención no es exclusiva de ingenieros o autoridades; empieza en cada persona, en cada familia y en cada colonia.
Estas son las principales recomendaciones que compartió:
"Debemos de tener siempre la cultura de la prevención. El participar en esos simulacros nos sirve para saber qué hacer en caso de sismos".
El mensaje final de Vargas Colorado es tan directo como necesario: no hace falta que ocurra otro desastre para que Veracruz retome la conciencia sísmica que le corresponde. La historia ya lo demostró una vez. Las herramientas técnicas y el conocimiento profesional existen hoy para actuar de forma preventiva.
La mancha urbana de la zona conurbada Veracruz-Boca del Río sigue creciendo. Los edificios son cada vez más altos. Y los periodos de calma sísmica, aunque largos, inevitablemente terminan. Ignorar esa realidad no la hace desaparecer; solo nos toma más desprevenidos cuando llegue el momento.
La Universidad Veracruzana sigue siendo una de las instituciones que más ha contribuido al estudio y la divulgación del riesgo sísmico en la entidad. Y desde esa trinchera, sus investigadores insisten: Veracruz sí tiembla. La pregunta es si estaremos listos cuando vuelva a hacerlo.
Foto: SSN