Con más de cuatro décadas lustrando calzado en el corazón del puerto, Ángel Reyes Tenorio se ha convertido en un testigo fiel de la evolución y los retos que enfrenta el tradicional oficio de bolero. A sus 53 años de edad total en la labor —iniciando desde los 10 años en Los Portales y consolidando 33 años fijos en el zócalo—, reconoce que la actividad atraviesa por momentos complejos.
Las recientes temporadas de lluvia han mermado de manera significativa los ingresos diarios del gremio. Respecto al clima, el bolero señala: "En tiempos buenos nos está yendo un poquito mal. Y ahorita con la lluvia, pues igual, o sea, a veces hacemos una, dos boleditas, ya cuando menos para sacar cuando menos para las tortillas".
A esta situación estacional se suma un factor estructural: el cambio en la moda y el consumo de calzado. Según Reyes Tenorio, el uso predominante de tenis y zapatos sintéticos ha desplazado al calzado tradicional de piel. "Pues es que ya ahorita hay mucho tenis, mucho zapato sintético, ya la verdad ya casi la gente ya no se... ya casi no se bolea", explica.
Ante la disminución de la clientela exclusiva de calzado de piel, los boleros han tenido que diversificar sus servicios para mantenerse vigentes. Actualmente, el costo por una boleda tradicional es de 50 pesos (y 70 pesos con tinta), mientras que la lavada de tenis se ofrece también en 50 pesos, un proceso que le toma entre 15 y 20 minutos por par.
Pese a los retos económicos que le han impedido percibir los mismos ingresos de antaño —logrando sacar adelante a su esposa y tres hijos gracias a este trabajo—, el cariño por la labor sigue intacto: "La verdad a mí mi trabajo la verdad me gusta mucho, me gusta mucho mi trabajo", comparte con orgullo.
El impacto generacional es evidente en el zócalo porteño. Aunque anteriormente el servicio estaba destinado casi de manera exclusiva a varones, hoy en día tanto hombres como mujeres recurren al bolero. Sin embargo, el relevo generacional luce incierto. Al ser cuestionado sobre el futuro del oficio y si las nuevas generaciones lo mantendrán vivo, el señor Ángel advierte con preocupación:
"Nos estamos acabando. La verdad yo creo que ya nosotros... yo creo que ya somos la última generación, porque ya los jóvenes de ahorita ya, ya sinceramente ya no quieren, ya no quieren este oficio."